Capítulo Extra
Antes de que sus hijos cumplieran tres años, Carolina Sanabria veía a sus pequeños y sentía que no podía con tanto amor; eran tan tiernos, que solo quería abrazarlos todo el día.
Pero después de los tres años, la travesura se desató en casa y no hubo vuelta atrás.
—Mamá, mi hermano me quitó mi juguete.
—Mamá, mi hermana tiene el suyo y aun así quiere el mío.
Carolina deseaba que alguien le quitara los oídos; escuchar el “mamá, mamá” a cada rato la tenía al borde del colapso.
Justo en ese momento, Mauro Loza llegó impecable, su traje sin una sola arruga, como si acabara de salir de una revista.
—¿Qué pasó ahora? —preguntó Mauro, dejando las llaves sobre la mesa.
Carolina le hizo señas con emoción.
—Ven rápido, Mauro, que esto parece juicio. ¡Solo faltabas tú para que empiece!
Mauro arqueó una ceja con picardía y le echó una mirada a su hijo mayor.
Hilario encogió el cuello, cruzó los brazos con fastidio y torció la boca.
No era tonto. Sabía perfectamente que su papá siempre prefería a su hermana, aunque lo ocultara.
Fabiola, con los ojos brillando de alegría, se abalanzó sobre Mauro.
—Papá, ya volviste. ¡Te extrañé un montón!
Mauro le despeinó cariñosamente el cabello.
—¿Otra vez te peleaste con tu hermano?
Fabiola hizo un puchero.
—No es cierto.
—Papá, mi hermano es bien codo. Así nunca va a conseguir esposa.
Aunque apenas tenían tres años, ya repetían lo que escuchaban en casa. Papá siempre le decía “esposa” a mamá, y a ella le sonaba gracioso.
Hilario resopló, inflando los cachetes y apartando la mirada con aire ofendido.
Carolina, con una paciencia entrenada, resumió la situación.
—La hermana le quitó el juguete al hermano, y el hermano no quiere prestárselo.
—Mami, yo no le quité nada —se defendió Fabiola, con los ojos grandes de inocencia.
—Mami, yo no soy tan codo —protestó Hilario, ofendido.
Mauro se sentó justo entre los dos, haciendo de mediador.
—A ver, Fabiola, ¿por qué no le das a tu hermano uno de tus juguetes favoritos y lo intercambian? Así los dos quedan contentos.
Los dos chiquillos fruncieron la boca, no les hacía mucha gracia, pero al final aceptaron el trato.
Un segundo antes estaban peleando a todo pulmón y al siguiente, reían como si nada. La paz volvía a reinar, al menos por unos minutos.
Carolina se masajeó la sien, agotada.
—Menos mal que llegaste a tiempo. Estos dos no se dan tregua.
Mauro, siempre atento, le frotó suavemente las sienes y le dedicó una sonrisa relajada.
—Es normal. Todos los niños se pelean, pero cuando están afuera, son como uña y mugre.
Mientras Mauro la consentía, Carolina sintió que el calor de sus manos le recorría la piel como una descarga eléctrica.
Se apartó de inmediato, recelosa.
—¿Qué haces? ¿No ves que los niños están aquí?


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