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El Tío que Robó Mi Corazón romance Capítulo 420

Como al día siguiente era fin de semana, Mauro se había dado permiso para desvelarse la noche anterior.

La intensidad de la noche hizo que, cuando Carolina se levantó, sentía los huesos tan blanditos como si se hubiera pasado la madrugada bailando sin parar.

—Amor, ¿por qué no te acuestas otro rato?

Carolina le lanzó una mirada de reproche.

—¿Dormir? ¿Con mi papá aquí en la casa? ¿Quieres que me levante cuando esté el sol en todo lo alto? ¡No inventes!

En ese tipo de detalles, Carolina siempre mostraba su educación. Aunque estuvieran en la casa de campo, nunca se quedaba dormida más de la cuenta. Siempre bajaba puntual a la mesa para desayunar.

Al mirarse en el espejo y ver la cantidad de marcas de la noche sobre su piel, no pudo evitar fruncir el ceño, conteniéndose para no soltarle una regañada a Mauro.

En ese momento, Mauro la abrazó por la espalda.

—Perdón, amor, pero te juro que fui muy cuidadoso. Incluso le pregunté a un doctor. Dijo que así no había problema.

Carolina giró el rostro y lo empujó con fastidio.

—¿A quién le preguntaste? ¿Un doctor de verdad?

—¿No me irás a decir que le preguntaste a Joel?

Si se atrevía a decirle eso, Carolina de plano se moría de la pena. Imaginar la cara de su primo político, el doctor de la familia, si se enteraba, era suficiente para querer desaparecer.

Mauro levantó las manos en señal de paz.

—No, ¿cómo crees? Jamás le preguntaría algo así.

Carolina soltó un suspiro de alivio.

Mauro le tomó la mano con ternura y la besó.

—Hoy tengo que ir a la empresa. Regreso a las cinco. Quédate tranquila en casa, ¿sí? Espérame.

Carolina se zafó y le hizo un gesto con la cabeza.

—Ya vete, ya. Así me dejas descansar un poco.

Al fin, al verlo salir, sintió que el silencio le hacía bien.

Mauro revisó la hora: ya era tarde. Además de la junta directiva, tenía programadas varias reuniones con los altos mandos.

Tomó los zapatos nuevos que Carolina le había comprado y bajó las escaleras, mirándolos con satisfacción. Se veían geniales. Aunque, bueno, él sentía que cualquier cosa que se pusiera le quedaba bien.

Kevin, el asistente, ya lo había notado desde temprano.

—Vaya, señor Loza, ¿estrenando zapatos nuevos? ¿La señora se los regaló?

Mauro arqueó una ceja.

Capítulo 420 1

Capítulo 420 2

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