Carolina nunca le había comprado zapatos a Mauro. ¿Será cierto eso de que, si le regalas zapatos a un hombre, se va corriendo?
...
A la hora del almuerzo, Kevin por fin recibió un mensaje de la señora.
[Kevin, ¿sabes qué talla de zapato usa el Sr. Loza? Te lo pregunto entre nosotros, no le vayas a decir nada, ¿sí?]
Kevin lo pensó un momento. Así que la señora quería prepararle una sorpresa al jefe, ¿eh?
¡Genial! Hoy, el reporte financiero del tercer trimestre había salido mal y el director de finanzas casi se desmaya bajo la mirada fulminante del Sr. Loza.
Si la señora le daba un regalo al jefe, seguro le levantaba el ánimo.
[Señora, el Sr. Loza normalmente usa talla 43 y medio, así que le compran 44.]
Carolina leyó el mensaje y se sorprendió al ver que Mauro tenía el pie bastante grande.
Después de dar una vuelta por la tienda de zapatos de hombre, escogió unos de piel, clásicos, del estilo que él solía usar. Claramente no podían compararse con los que él mandaba a hacer a la medida antes, pero una sola pareja por casi diez mil pesos ya le parecía carísima.
Con la bolsa en la mano, Carolina estaba por regresar al despacho cuando, de repente, vio a Verónica en una tienda de trajes para caballero.
¿No que iba a comer con una amiga? ¿Será que en realidad estaba comprándole ropa a su novio?
Esa tienda de trajes a la medida no era nada barata; sin al menos treinta o cincuenta mil pesos encima, no te llevabas nada llamativo.
Si hacía rato le había parecido razonable que su amiga gastara tres mil pesos en unos zapatos para su novio, ahora sí que los treinta o cincuenta mil en un traje la dejaron pensando.
Sobre todo porque la última vez que Verónica se encaprichó con una bolsa de veinte mil, estuvo dos meses pensándolo y al final ni la compró.
Carolina apretó los labios y, al ver que Verónica pagaba el traje con la tarjeta, le entró una inquietud.
Definitivamente, ese novio de Verónica no era cualquier cosa.
...
Cuando Verónica regresó a su lugar en la oficina, justo dio la hora de las dos, pero Carolina no la vio llegar con ninguna bolsa.
Carolina, como si nada, comentó:
—Verónica, ¿ya terminaste de comer?
Verónica sonrió forzada.
—...Sí, ya.
Luego Carolina la vio dirigirse a la cocina para prepararse una bebida y agarrar varios panes pequeños.
Carolina se quedó pensativa.
Quería decirle algo, pero no hallaba cómo empezar. Era evidente: Verónica estaba en pleno enamoramiento y, por lo visto, tenía la cabeza en las nubes.
Si le echaba un balde de agua fría, seguro acababa peleada con su amiga del trabajo. Pero si no decía nada, temía que Verónica se metiera en problemas peores.
Al final, decidió dejarlo pasar. Mejor esperar a que Verónica se acercara a ella cuando quisiera platicar.
...
Carolina llegó a casa con la bolsa en la mano. Mauro la vio y arqueó una ceja.



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