Cuando Carolina despertó al día siguiente, sintió la cintura un poco adolorida.
Era extraño: sentía como si no hubiera hecho nada, pero a la vez, como si hubiera hecho de todo.
No solo le dolía la cintura, también le dolían las manos.
Con fastidio, le lanzó una mirada acusadora a Mauro.
Benjamín, al notar la escena, pensó de inmediato que su hijo había hecho enojar a su nuera.
—Carito, ¿acaso este muchacho te hizo enojar? Ven, dime qué pasó, que yo le pongo un alto a este Mauro.
Carolina forzó una sonrisa.
—No, papá, no es eso. Solo me tiene molesta porque anoche Mauro se la pasó roncando. ¡No me dejó dormir nada!
Mauro apenas torció la boca y no se molestó en defenderse.
—Sí, fue mi culpa. Hoy prometo no roncar, de veras, mi amor, ya entendí mi error.
Benjamín lo vio fácil de resolver.
—Mauro, ¿y desde cuándo roncas? Deberías tener cuidado con el corazón, que no te vaya a pasar como a Tadeo. Carito, si en la noche te molesta, mejor manda a Mauro a dormir en la habitación de visitas. Así tú, con el embarazo, descansas mucho mejor.
—¡Papá, tampoco es para tanto! Hoy mismo voy al médico y desde hoy dejo de roncar, te lo aseguro.
Carolina, aguantando la risa, asintió.
—Bueno, papá, hay que darle una última oportunidad de redimirse, ¿no?
En ese momento, Carolina se dio cuenta de que tener a Benjamín de su lado era como tener un as bajo la manga, y además, funcionaba de maravilla.
...
Después de desayunar, Mauro llevó a Carolina en el carro rumbo a la oficina. Justo en ese momento, Petra llegó a la casa.
Entró con el semblante cerrado, se sentó en la sala de la casa, y por dentro sentía un escalofrío que le calaba hasta los huesos.
—¿Así me pagas todo lo que hice por ti, Tadeo?

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