—Oye, ¿y la familia Naranjo dónde vive?
Enzo sonrió con tranquilidad.
—Viven cerca de la empresa, solo a cinco estaciones del metro, así que en menos de media hora ya estás allá.
—Ah, ya veo —asintió Carolina—, pues sí que está cerca entonces.
Así que este Enzo ni siquiera era un recomendado.
¿Quién con palancas se iría en metro, no?
Enseguida, el elevador llegó a la planta baja.
Carolina intentó tomar las bolsas de compras que llevaba él.
—Dámelas, por favor. Mi familia viene por mí.
En realidad, pensaba decir que el chofer de la familia venía a buscarla, pero no quiso sonar tan presumida frente al nuevo, así que prefirió cambiarlo.
—No se preocupe, abogada Carolina, yo la ayudo a llevarlas hasta su carro.
Carolina se dio cuenta de que este muchacho tenía energía de sobra y era tan servicial que hasta la hizo sentir un poco incómoda.
—Mi carro está allá, pásamelas.
Enzo echó un vistazo detrás de ella.
—Claro que sí, abogada Carolina. Hasta mañana.
Carolina le devolvió una sonrisa amable.
—Nos vemos mañana.
Pero apenas abrió la puerta del carro, vio a un hombre en el asiento trasero con el ceño fruncido. Sintió un escalofrío de culpa, aunque no sabía por qué.
—¿Qué haces aquí, amor?
—¿Y ese tipo quién era?
Uy, ya se puso celoso.
Carolina quiso molestarlo un poco.
—Ah, uno que me encontré en el elevador, un muchacho guapo que quiso ayudarme a cargar las cosas. Ni idea de qué área es, nunca lo había visto.
—¡Ni se te ocurra! —Mauro estiró el brazo y la atrajo hacia él—. No quiero que vayas preguntando por ahí. Ese muchacho flacucho y de lentes, ¿qué tendrá de guapo? ¿Acaso es más guapo que tu esposo?
¿Pero ahora resulta que Mauro le ponía apodos a la gente?
—Cuando tú me conquistabas, también te encantaba usar lentes, ¿eh?
Carolina le rodeó el cuello con los brazos y le susurró al oído, dejando que su aliento lo rozara.
—Ahora que lo pienso, antes usabas esos lentes a propósito, ¿verdad?


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