—Papá, todo va a estar bien. Cuando mi hermano mayor se recupere, otro día vamos a ir a misa.
Carolina también quería ir a misa; pensaba pedir una medalla de protección para el bebé que llevaba en su vientre.
—Sí, estoy bien. Tú también deberías descansar. Ya es momento de ir a misa.
Benjamín soltó un suspiro.
Cuando el mayordomo ayudó al señor a recostarse, Carolina finalmente se sintió tranquila, pero aun así no olvidó dar las instrucciones:
—Que alguien entre a revisar cada dos horas cómo está el señor, ¿sí?
A su edad, le preocupaba que cualquier cosa se complicara y no pudieran atenderlo a tiempo.
Carolina se revolvía en la cama, incapaz de pegar un ojo.
Por fin, a las dos de la madrugada, vio que Mauro le enviaba un mensaje.
[Todo bien, la cirugía fue un éxito, pero necesita tiempo para recuperarse. No te preocupes.]
[Me alegra saberlo. Busca una sala vacía y descansa un rato.]
De inmediato, el teléfono de Carolina empezó a sonar. La voz profunda de Mauro, al otro lado de la línea, le dio una paz especial.
—¿Todavía no duermes? ¿No piensas ir a trabajar mañana o qué?
Carolina negó con la cabeza, aunque él no podía verla.
—Mañana temprano pido permiso. Sin ti en casa, no puedo dormir. Papá también se ve mal. ¿Por qué no le mandas un mensaje al mayordomo? Les pedí que estén pendientes de papá. Si despierta, así se sentirá más tranquilo.
Mauro dejó escapar una risa suave.
—Ya lo sé. Anda, duérmete. Descansa, amor. No voy a colgar, cuando escuche que ya te dormiste, entonces sí cuelgo.
Era la primera vez que Carolina probaba algo así, dejar el teléfono conectado mientras intentaba dormir.
—Está bien.
Puso el altavoz y lo dejó en la mesita de noche.
—Amor, ya me voy a dormir. Tú también descansa. Buenas noches.
—Buenas noches.
Pasaron quince minutos. Mauro, sentado en una silla del hospital, medio recostado y con los ojos cerrados, por fin escuchó la respiración tranquila de Carolina al otro lado.
Ya se había dormido.
No colgó de inmediato. Se frotó las sienes, dejando que el cansancio lo envolviera un poco más.
El médico le había advertido que, tras la operación, tomaría tiempo que su hermano despertara. Por ahora, debía tener paciencia: una semana después verían si podían bajarle los sedantes.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Tío que Robó Mi Corazón