—Joel, acabo de terminar con mi pareja —dijo Mónica entre sollozos.
—No le gusto, ¿qué tengo de malo? ¿Por qué no le gusto? —seguía repitiendo, con la voz entrecortada.
En aquel entonces, ¿qué fue lo que le contestó Joel?
Él sonrió con calma.
—Mónica, no tienes nada de malo. Eres increíble. Habrá alguien que te quiera, te lo prometo.
Luego, con un tono juguetón, añadió:
—Si él no te quiere, ¿qué tal si yo te quiero?
Pero esa noche, Mónica había llorado tanto que no recordaba nada de lo sucedido.
Mientras tanto, Joel siempre había seguido actuando como el rival que Mónica tanto decía odiar.
Todo ese pequeño paraíso lo sentía robado, y por eso, a veces, le daba miedo perderlo.
...
De regreso a casa, Joel apenas cruzó la puerta cuando Mónica, con la voz algo fastidiada, le soltó:
—Joel, tu hija se hizo pipí. ¿Por qué te tardaste tanto en volver?
Al ver a Mónica con el ceño fruncido y los labios apretados, Joel sintió cómo se le ablandaba el corazón.
—Ya llegué —le dijo, acercándose.
—Perdón, tuve que quedarme por una reunión —explicó.
Mónica se acercó y olfateó discretamente su ropa.
—Bueno, al menos no hueles a perfume de mujer. Joel, si algún día me entero que andas de infiel, olvídate, no la cuentas.
Joel suspiró y soltó una risa resignada.
—Mi reina, aunque me estuviera despidiendo de este mundo, ni así te pondría los cuernos.
—¡Joel! ¿Pero qué cosas dices? —reviró Mónica, cruzándose de brazos, molesta.
No entendía cómo había alguien tan dispuesto a echarse maldiciones encima solo por bromear.
—Ya, ya. Me equivoqué, ni lo digas, mejor toquemos madera.
Sin embargo, Mónica notó que Joel parecía de mejor ánimo ese día.
¿Será que los hombres también tienen cambios de humor tan repentinos?
...
Esa tarde, Mónica recibió la noticia de que su tía Petra quería visitarla. Por más que intentó negarse, no pudo, así que terminó aceptando la visita.
En realidad, la excusa de la visita era solo eso. Lo cierto era que Petra venía a reclamarle por las acciones que había recibido.
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