Durante estos días, Mauro se había encargado de pasarles a la cocinera y a las empleadas de la casa una lista rigurosa de todo lo que Carolina podía y no podía comer durante el embarazo.
Le angustiaba que cualquier alimento inadecuado pudiera afectar al bebé.
—Amor, esos guisos que llevan muchas especias, grasa y chile, mejor ni probarlos —le aconsejó Mauro, calmado y hablando con paciencia.
Pero Carolina no quería ni escuchar. Seguía con una lágrima temblando en sus pestañas y el labio inferior torcido, como niña a punto de volver a llorar.
—Pero puedo comer los que no pican, ¿no? Si al mediodía comí y no me pasó nada —replicó, aguantando el llanto.
Mauro parpadeó, sorprendido.
—¿No me dijiste que habías comido verduras salteadas a la hora de la comida?
Carolina no esperaba que la descubrieran tan rápido. Enredó las palabras, buscando cómo justificarse.
—Yo... solo probé un poquito. En ese restaurante de guisos también venden verduras salteadas —dijo, intentando sonar convincente.
A media explicación, se le subió el ánimo y se puso a la defensiva, como si de pronto recordara que tenía derecho a elegir.
—A ver, Mauro, ¿qué quieres decir? ¿Ahora tampoco puedo decidir lo que como?
A Mauro le empezó a doler la cabeza. La velocidad con la que Carolina cambiaba de humor lo tenía descolocado.
Intentó abrazarla, pero Carolina lo apartó con la mano.
—¡No me toques! Solo te importa tener una hija. Todo el día pensando en la niña y a mí ni caso me haces.
Las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas. Mauro se quedó sin saber qué hacer, sintiendo cómo se le apretaba el pecho.
—Amor, está bien, ya. Fue mi culpa. No llores, por favor. Vamos a llamarle a Joel, ¿te parece? Si él dice que no hay problema, de inmediato le pido al chef que te prepare lo que quieras, ¿sí?
Carolina tampoco entendía muy bien por qué lloraba tanto, pero mientras más pensaba en el tema de los hijos, más ganas le daban de llorar.
Mauro la cargó de vuelta a la cama y, con mucho cuidado, le limpió las lágrimas con un pañuelo.
—No llores, amor. El doctor dijo que lo más importante es que estés de buen humor.
—¡Mira nada más! Siempre repites lo que dice el doctor. ¡Jamás piensas en mí! —le reprochó, aún con la voz entrecortada por el llanto.
—Está bien, está bien —se rindió Mauro—. Me equivoqué, amor. ¿Cómo crees que no me importas? ¿No te acuerdas lo que te dije ayer? Que, para mí, tú siempre serás lo más importante, incluso más que el bebé.
—Amor, para mí tú eres lo primero, incluso antes que yo mismo.
Carolina, aún sollozando, poco a poco fue calmándose.


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