Cuando Carolina y los demás despertaron a las ocho, se enteraron de que Mónica ya había dado a luz.
El abuelo fue con ellos de inmediato al hospital.
Al ver a su amiga, que aunque seguía un poco pálida ya mostraba una sonrisa serena, Carolina no pudo evitar sentir ternura.
—Moni, ¿duele mucho tener un bebé? —preguntó, acercándose a la cama.
Mónica asintió, suspirando.
—Sí, ¡sí duele! Pero se puede aguantar. Yo no pedí anestesia. Cuando te toque a ti, mejor pide anestesia, así la pasas más tranquila.
—¡Felicidades, Moni! De verdad, muchas felicidades. Cumplieron su sueño y ahora tienen a un angelito en brazos —dijo Carolina, emocionada.
Mónica miró a su hija con una ternura infinita.
En ese momento, Carolina vio en el rostro de su amiga el brillo de una madre: esa luz única que solo tienen las mujeres cuando abrazan a su bebé por primera vez.
—Se ha portado muy bien, casi no ha llorado. Solo duerme, tranquila como un angelito —comentó Mónica, acariciando la cabecita de la pequeña.
Joel, que no cabía de orgullo, intervino enseguida.
—Obvio que nuestra Samanta es una niña tranquila, ¿cierto, Samanta? —dijo, haciendo muecas para que la bebé lo mirara.
Joel jugueteaba con la pequeña, todo ternura y risas.
—¿Samanta es su apodo? —preguntó Carolina, curiosa.
—Sí, bueno, así le decimos de cariño. Su nombre completo es Samanta Ramos, pero todos le diremos Samanta —respondió Mónica, sonriendo.
Mauro se acercó a Joel, asomando la cabeza para ver mejor a la bebé. Notó las manitas y piecitos rosados, tan diminutos que uno solo de sus dedos era más grande.
Hasta le pareció tierna.
Pero Mauro no pudo evitar soltar un comentario.
—Amor, la verdad, el nombre que elegimos en la mañana sonaba más bonito.
A Joel se le marcaron las venas en la sien.
—Mauro, ¿quieres que te saque del cuarto? —le tiró, entre dientes.
—¡Mauro! —reviró Carolina, volteando a verlo con una mirada fulminante—. El nombre está perfecto, ¿y tú diciendo esas cosas?
Mauro solo hizo una mueca y dejó de hablar.
Joel le lanzó otra mirada.
—Oye, señor Mauro, mejor aléjate de mi hija.
—Solo la estoy viendo. ¿No puedo mirar? Y la verdad, Joel, sí te salió niña, eh.
Joel sonrió de medio lado, muy seguro de sí mismo.
—Te dije que desde que supe que mi esposa estaba embarazada, yo sabía que iba a ser niña.
—Carito, mejor quédate aquí. Justo quiero platicar con las dos.
Miró a Mónica con cariño.
—Moni, tu papá se fue muy pronto, y yo ya no tengo mucho que darte. Te voy a dejar el diez por ciento de las acciones del grupo, cada año puedes pedirle los dividendos a tu tío. Tu cuñada siempre dice que soy injusto con Mauro, pero cuando repartí ya lo había hablado con mis tres hijos. Tadeo nunca se quejó, tu papá tampoco, y Mauro se ha hecho cargo de más responsabilidades.
—Si tu tía quiere molestar, dile que venga conmigo —añadió, con tono firme.
Petra Moreno siempre se quejaba porque su hijo no tenía acciones, pero jamás pensó en que algún día Tadeo Loza dejaría su parte a Alexis.
—Gracias, abuelo —dijo Mónica, con los ojos húmedos.
Benjamín se volvió hacia Carolina.
—Carito, tu cuñada ya sabe lo de las acciones, seguro cuando regrese va a armar un escándalo. Si pasa, vete a tu cuarto y no le hagas caso. Ahora que estás embarazada, no te desgastes en discusiones. Que no te afecte.
Por eso, esta vez, cuando Petra fue a visitar a su familia, nadie fue a buscarla.
Él dejó que su hijo mayor resolviera sus propios asuntos. Ya era mayor y no podía meterse en todo.
Antes de irse, Benjamín añadió, con una sonrisa traviesa:
—Aunque, la verdad, Mauro no va a dejar que te traten mal. Si no hace enojar a la gente, ya es ganancia.
Carolina no pudo evitar reírse. No sabía si ese comentario era un halago o una queja.

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