Natalia había comprado su boleto de avión para irse desde hace una semana.
Carolina no podía ocultar su tristeza.
—¿De verdad te vas, Natalia?
Le mostró a Natalia la pantalla del chat que tenía con Lucas.
—Él quiere pedirte matrimonio el día que te vayas. ¿Qué hago? ¿Se lo digo o no?
Carolina también se sentía en aprietos. Notaba que Lucas hablaba en serio sobre la propuesta de matrimonio; no dejaba de preguntarle a ella sobre los gustos de Natalia, como si quisiera estar seguro de cada detalle.
Incluso le había preguntado con anticipación por el color de las rosas.
Natalia suspiró, sintiendo un hueco en el pecho.
—Ya es tarde. Carolina, después de que empecé a salir con él, hubo un tiempo en que de verdad quería casarme. Aunque tuviera pocas oportunidades para actuar, aunque él siempre pusiera límites a los trabajos que podía aceptar, nunca me quejé.
—Pero me di cuenta de que esa no era la vida que quería. Vivía con demasiada presión, siempre poniéndolo a él por encima de todo. Cuando supe que iba a aceptar la cita arreglada por su familia, esa noche no pude dormir.
—Fue esa noche cuando lo entendí: no quiero seguir viviendo así, siempre sacrificándome.
Carolina la comprendía. Sabía que todos en algún momento se sentían perdidos, incluso atrapados en un amor que no les hacía bien.
A veces, aunque los amigos te aconsejen o te regañen, sigues sin despertar.
Algunas personas nunca despiertan, pero otras basta con un instante, el más inesperado, para abrir los ojos.
Y una vez que te das cuenta, ya no vuelves atrás.
Carolina la abrazó.
—Lo que importa es que estés bien. No te olvides de escribirnos cuando regreses. ¿Te quedarás en Ciudad del Confluente estos días?
—No, me quedan dos presentaciones en programas y algunos compromisos comerciales. Todo eso lo tenía agendado antes de decidir irme. Así que tengo que cumplir con todo.
Carolina hizo una mueca de decepción.
—Bueno, ¿entonces cuándo vuelves a Ciudad del Confluente?
—El miércoles de la próxima semana. El viernes ya me voy, así que podremos juntarnos esos dos días.
—Moni está con la panza enorme, si no fuera por eso, las tres podríamos salir a divertirnos.
—Cuando regrese, nos ponemos de acuerdo.
...
Al colgar, Carolina no pudo evitar preguntarle a Mauro:
—¿Sabías que tu amigo quiere pedirle matrimonio?
Mauro levantó la vista y asintió con calma.
—Sí, lo sé.
Últimamente, Lucas no paraba de escribir tonterías en el grupo; Mauro, harto, había decidido ocultar las notificaciones para no verlo.
Joel sacó una botella de vino guardada para ocasiones especiales.
—Señor Mauro, ¿le entras a un trago?
Mauro negó con la cabeza.
—Ya te dije que quiero tener una hija, ¿por qué te empeñas en hacerme daño?
Joel resopló.
—Si tú no quieres, me la tomaré yo solo.
Aprovechaba que su esposa no estaba para darse ese gusto.
El celular de Joel no dejaba de sonar y Mauro, fastidiado, le dio un puntapié.
—¿Puedes poner tu celular en silencio? Ya cállale tantito.
—Bah, no sabes lo molesto que es Lucas. Solo por una propuesta de matrimonio ya nos tiene a todos hartos. Dime la verdad, ¿tú bloqueaste el grupo?
[Lucas: ¡Mauro! ¿Por qué no contestas? ¿Ya tienes el anillo?]
[Joel: Lucas, deja de molestar, algunos queremos dormir.]
[Mauro: Ya bájale, Lucas.]
La noche apenas comenzaba, y la expectativa de lo que estaba por venir flotaba en el ambiente, tan densa como el aroma del vino recién servido.

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