—Regina no tenía muchos familiares con quienes mantener contacto. Al final, fue un sobrino quien vino, la cremó junto a su hijo y esparció sus cenizas en el mar.
Carolina miraba las tendencias. Tal como lo había notado antes, aquel tema que estaba en primer lugar ya había caído hasta el puesto treinta.
Incluso entrando al enlace, la discusión estaba casi muerta; la mayoría seguía sin entender nada.
Los mensajes con más repercusión habían sido borrados.
Mientras caminaba, la mente de Carolina no dejaba de repasar aquellos días en los que acompañó a la señora Regina.
El hijo, postrado en la cama, apenas con vida. La madre, agotada, pero todavía aferrada a una pizca de esperanza.
—¡Esto no puede quedar así! ¡Al menos, las autoridades tienen que dar la cara! ¡No es posible, el mundo no puede ser tan injusto! —reviró Carolina, la voz llena de rabia.
—Si nadie lo denuncia, ¿qué va a pasar después? Esos médicos que trabajan de manera ilegal solo buscarán otra manera de seguir lucrando. Y entonces aparecerán más casos como el de Regina, una y otra vez —añadió, la frustración desbordándosele.
Hugo la miraba con una mezcla de orgullo y preocupación. Su aprendiz aún conservaba esa pasión combativa de quien acaba de entrar al mundo laboral.
Pero también temía que se buscara demasiados enemigos, complicándole el futuro.
—¿Por qué no le hablas al señor Loza? —sugirió Hugo.
Carolina negó con la cabeza, firme.
—No hace falta. Esta vez, lo haré por mi cuenta.
Sin perder tiempo, entró a su Twitter y compartió la historia completa, con todos los detalles y pruebas que tenía. Incluyó la notificación de sanción al médico responsable por ejercer de manera ilegal.
Hugo la respaldó de inmediato.
Ambos, después de su aparición en el reality “Oferta de la Abogada Ji”, ya tenían cierto reconocimiento. Por eso, cuando los dos se pronunciaron al mismo tiempo, el tema volvió a colocarse en primer lugar.
Natalia llamó a Carolina. Después de escuchar toda la historia, no dudó en compartir la publicación.
La discusión en línea creció con rapidez.
...
Hospital Cumbres de Salutem.
—Director, ¿cómo que esto se les fue de las manos? ¿No habían dicho que iban a bajar el tema de las tendencias? —reclamó Emiliano, visiblemente molesto.
—Señor Emiliano, hicimos todo lo posible. El problema es que la abogada que ayudó a Regina y su hijo tiene cierto nombre en el medio. Su mentor es Hugo, un abogado muy respetado. Ambos publicaron en Twitter y hasta una celebridad compartió la noticia. No pudimos detenerlo.
Emiliano apretó los dientes.
—¡¿Otra vez ella?! La gente ya está muerta, ¿qué más quiere? A ver, traten de negociar, díganle que si deja de armar escándalo le damos doscientos mil pesos.
Así, el personal del hospital llamó a Carolina para hablar con ella.
—Abogada Carolina, ¿por qué hacer tanto escándalo? Ya ni están aquí esas personas —intentó convencerla el director, con tono casi suplicante.
Los ojos de Carolina, duros como el acero, se clavaron en el hombre que, vestido de bata blanca, se dedicaba a negocios turbios.
—¿Y porque ya no están aquí no merecen justicia? Ustedes se están pasando. Les doy la oportunidad de disculparse y aclarar todo públicamente, junto con el médico culpable —replicó Carolina, inflexible.
El director deslizó una tarjeta sobre la mesa.
Dos vidas truncadas. Apenas un mes antes, todavía los había visto con vida.
La culpa la aplastaba. Pensaba que, si Regina hubiera recibido la indemnización justa, tal vez el final habría sido diferente.
Ya en el carro, Carolina se dejó abrazar por Mauro y, al fin, soltó todo el dolor que había guardado.
—Perdóname, es que no puedo con esto —sollozó.
Mauro le acarició la espalda, con ternura.
—Aquí estoy. No te va a pasar nada, siempre voy a estar contigo.
...
El veredicto oficial llegó pronto, tal vez por la presión de la gente.
El Hospital Cumbres de Salutem fue suspendido para una investigación a fondo y Omar, el médico implicado, enfrentó cargos por ejercer ilegalmente.
Aunque el resultado trajo cierta satisfacción, nada podía devolver la vida a quienes se habían ido.
Carolina fue hasta la playa y, de cara al mar en calma, se inclinó en señal de respeto.
—Señora Regina, deseo que usted y Alberto encuentren la paz.
Mauro la abrazó y juntos se marcharon.
Él la miraba, viendo la tristeza que se le dibujaba en el rostro, y no pudo evitar que el ceño se le marcara del coraje y la impotencia.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Tío que Robó Mi Corazón