Joel corrió las cortinas y dijo:
—Déjame darte un masaje.
Mónica dudó un momento, pero luego asintió.
—Está bien.
Solo que ese hombre, con toda su mala intención, iba encendiendo fuegos por donde pasaba. Cuando Mónica se desmayó, justo en el último segundo antes de perder el conocimiento, no pudo evitar maldecir en silencio.
Otra vez caíste.
...
Carolina, por su parte, aprendía rápido. Mauro sostenía la cuerda de seguridad y le preguntó:
—¿Te animas a soltarla?
Carolina seguía con miedo y negó con la cabeza:
—¡No me atrevo!
Se rindió muy rápido, aceptando su miedo sin problemas.
Mauro sonrió apenas, divertido.
—No mires hacia abajo, ni el mar.
Se acercó un poco más y le dijo con dulzura:
—Ven, mi amor, mírame solo a mí.
Cuando Carolina lo miró a los ojos, sintió una ilusión extraña. Era como si en la mirada de Mauro solo existiera su reflejo, como si para él, en ese instante, no hubiera nadie más en el mundo.
Esa mirada la envolvió en una sensación de seguridad absoluta.
—Relájate. Ajusta tu postura poco a poco y controla las puntas de tus pies —la voz de Mauro tenía una calidez inexplicable, como si lo único que quisiera fuera que ella confiara plenamente en él—. Suelta la cuerda, despacio.
—No mires nada más, solo mírame a los ojos —le pidió Mauro con suavidad.
El corazón de Carolina se llenó de calma. Poco a poco aflojó la cuerda, mientras el viento le silbaba en los oídos y el ligero aroma salado del mar la envolvía.
En ese instante, la libertad se volvió algo tangible.
Pasaron la tarde jugando hasta que el sol se ocultó en el horizonte.
Carolina aplaudió emocionada.
—¡Mañana quiero volver a hacerlo!
—¿Cuando estabas en el extranjero, solías surfear mucho? —preguntó ella, todavía sonriendo.
Mauro asintió.
—Sí, cuando quería relajarme, me gustaba surfear. Sentirse volando sobre el mar da una satisfacción única.
—Claro, cada año vendremos —respondió, con un tono mimado que no escondía sus sentimientos.
—Mauro —Carolina lo miró, sus pestañas largas temblando bajo el cielo—, ¿por qué eres tan bueno conmigo?
Había algo de testarudez en su pregunta, como si necesitara escucharlo una vez más.
Desde que se casaron, Mauro casi nunca decía en voz alta cuánto la quería. Pero cada cosa que hacía, cada detalle, era una prueba clara de sus sentimientos.
Quizá porque ya había perdido antes, ya se había sentido decepcionada, Carolina no se atrevía a esperar demasiado. Temía que al final, todo fuera solo una ilusión de su parte.
Mauro, al verla, notó el leve rubor en sus mejillas. Su voz se volvió más suave, como si cuidara cada palabra para no lastimarla.
Sonrió, sin dudar ni un segundo.
—Porque te quiero.
—Mi pequeña rosa finalmente creció y ahora es mi esposa.
El corazón de Carolina dio un brinco, como si una cuerda invisible la jalara por dentro.
Con la voz apretada, preguntó:
—¿Desde cuándo empezó todo esto?
Mauro ladeó la sonrisa, mirándola directo a los ojos.
—Desde la primera vez que te vi.

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