Alexis asintió apenas, con un gesto tranquilo.
—Ya entendí, mamá.
Sin embargo, su mirada recorrió la mesa y se detuvo en las otras dos personas: uno solo buscaba errores en todo, el otro estaba demasiado concentrado en comer pescado como para prestarle atención a lo que su madre le decía.
Era como si él fuera alguien que daba igual si estaba o no.
Los ojos de Alexis se apagaron un poco.
—Sí, mamá, pasado mañana iré.
Petra no pudo evitar sonreír de alegría.
Que su hijo aceptara llevarse bien con Marisol y hacer su vida propia, eso para ella valía más que cualquier otra cosa.
Además, no era necesario que todo el tiempo tuviera que compararse con su tío. ¿Para qué? Al final, ni siquiera podía superarlo.
Benjamín, al escuchar eso, asintió.
—Está bien, no suena mal, ve a echarle un ojo.
Mauro, mientras tanto, se limpió las manos con calma y sin prisa.
—Papá, hermano, cuñada, síganle ustedes con la comida. Nosotros ya nos vamos.
Benjamín bufó, molesto.
—¡Vaya! Este mocoso ni tantita consideración le tiene a su primo.
—Sí, sí, váyanse, si tienen cosas que hacer no se preocupen por mí —agregó con un gesto de indiferencia.
Mauro esbozó una sonrisa apenas perceptible.
—Papá, ayer fue el recibimiento de mi cuñada, no es que hayamos venido solo para verte regresar. No te vayas a hacer ideas raras.
Benjamín solo pudo quedarse callado ante la respuesta.
Carolina sonrió con pena.
—Bueno, papá, entonces nos vemos la próxima vez. No se nos vaya a olvidar pasar a saludarlo.
Mauro rodeó a Carolina por la cintura y se marcharon directo a la salida.
Alexis seguía con la mirada clavada, casi deseando que la mano de su hermano desapareciera de la cintura de Carolina.
Tadeo, notando el descontrol de su hijo, tosió suavemente. Solo así Alexis volvió en sí.
—Abuelo, yo también ya terminé de comer. Tengo unos pendientes, me voy a la oficina.
Benjamín, al ver la prisa con la que se iba su nieto, chasqueó la lengua con fastidio.
Carolina soltó una risita. Claramente él estaba celoso, y aun así se negaba a aceptarlo.
—Bueno, entonces la próxima vez intentamos venir cuando él no esté, ¿te parece? Porque cada vez que te enojas, hasta las empleadas de la casa dejan de respirar.
—Y trata de no pelear tanto con tu papá. Ya está grande, no vaya a ser que por tu culpa le dé algo.
Mauro medio sonrió.
—No pasa nada. Cada año se hace chequeos y está más sano que cualquiera.
De repente, se inclinó y apoyó sus labios en la oreja de Carolina, dejando que su aliento la hiciera temblar.
En un instante, el rostro de Carolina se tiñó de rojo.
—Si me lo prometes, dejo de enojarme.
—¿Sí o no, mi amor?
Carolina, haciendo un puchero, miró por la ventana y decidió no darle importancia al viejo coqueto que tenía al lado.
Empezó a pensar si no sería bueno buscarle a Mauro algún médico tradicional para que lo calmara un poco.
Porque con tanto fuego, no fuera a terminar quemándose él solito.

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