Al ver que Mauro no cedía ni tantito, Tadeo solo pudo suspirar y marcharse.
En realidad, Tadeo tampoco era tan cercano a la familia Quintero, simplemente fue que Andrés le pidió el favor de venir, y además, le parecía que su hermano menor sí que se había pasado de la raya, así que intentó echarle un cable.
Pero si Mauro no quería escuchar, Tadeo no iba a seguir perdiendo el tiempo.
...
Mauro recibió el mensaje de Simón: [La señora ya regresó a la casa.]
Orgulloso como siempre, Mauro se hizo del rogar un rato, luego arrancó el carro y puso rumbo al hogar.
Al entrar a la casa, recorrió el primer piso con la mirada, pero no vio ni rastro de la persona que le rondaba la cabeza.
Simón se acercó y le habló con voz tranquila:
—Señor, la señora llegó y se fue directo a su cuarto.
Mauro frunció el ceño. ¿Acaso seguía sintiéndose mal?
Ya era casi la hora de la comida y ella ni bajaba a comer. Sin pensarlo, subió directo al segundo piso.
Se detuvo frente a la puerta de la recámara, dudó un segundo si debía tocar, pero después recordó que también era su habitación. ¿Para qué andaba tocando?
Colocó la mano en la perilla, pero notó que estaba cerrada por dentro.
—Toc, toc—.
—Ábreme.
Mauro intentó sonar distante, aunque en el fondo le hervía la impaciencia.
Dentro, Carolina se sobresaltó frente al espejo, donde probaba un vestido.
—¡Ay, espérame! Dame unos diez minutos, ¿sí?
No podía abrir la puerta vestida así, ni de broma.
El problema era que el vestido era complicado y le había costado un buen rato ponérselo, y ahora, con Mauro esperando allá afuera, sus manos parecían torpes y todo se le hacía bolas.
Mauro ya no podía disimular la molestia. ¿Qué significaba eso? ¿Acaso tenía a alguien más en el cuarto?
Sin pensarlo dos veces, caminó a su estudio, sacó la llave de repuesto del cajón, la metió en la cerradura y giró la perilla con calma.
No pudo evitar perderse en el contraste de su piel blanca contra el toque de sus dedos, viendo cómo se teñía de rojo bajo su contacto.
Carolina se había vestido así para pedirle disculpas a ese viejo testarudo, pero ese beso, tan intenso, le nubló la mente.
De repente, se escuchó el sonido del vestido desgarrándose, y la tela, que ya de por sí era poca, terminó en el suelo en dos partes.
—¡Oye! —protestó Carolina, con las mejillas infladas y la mirada acusadora.
—Tranquila —susurró Mauro con voz ronca, tan cerca que su aliento le rozó el oído—. Te pusiste así para que yo te lo quitara, ¿no?
—Amor, solo estoy cumpliendo tus deseos.
...
Esa noche, antes de perder la conciencia de puro agotamiento, Carolina solo pudo maldecir en silencio a su mejor amiga por haberle dado aquella idea.
...
Fue la noche más intensa desde su luna de miel.

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