—¿A casa? —Daven arqueó una ceja—. ¿A qué casa me pides que regrese, Vanessa?
Vanessa se quedó helada por un momento, confundida por la rapidez con la que Daven le había dado la vuelta a la conversación.
—A la casa donde se supone que vivimos juntos, es obvio —respondió ella con brusquedad—. Nuestro hogar. Pero tú siempre eliges quedarte en cualquier otro lugar.
Daven asintió con lentitud, como si hubiera estado esperando esa respuesta desde el principio.
—¿Y para qué volvería a una casa que no está llena más que de tus compromisos? ¿De tu agenda social? ¿De tu interminable colección de vestidos? ¿Y de esa reputación que proteges con tanta ferocidad, como si fuera más importante que cualquier otra cosa?
—¡No construí todo eso solo para mí! —respondió Vanessa alzando la voz—. ¡Es por nosotros, Daven! ¡Por el apellido de la familia! ¡No quería que la gente nos menospreciara!
—El problema es que has estado tan obsesionada con las apariencias que olvidaste cuidar lo que hay en el interior —reclamó Daven con tranquilidad—. ¿Qué sentido tiene tener un apellido familiar si, para empezar, nunca fuimos realmente una familia?
Vanessa se mordió el labio, herida por sus palabras.
—¿Así que ahora me echas la culpa a mí? ¿Qué hay de todo lo que hiciste tú? Dejaste que me encargara de todo sola mientras tú te marchabas a hacer lo que te daba la gana. No me culpes si la casa empezó a sentirse vacía.
—Esa casa está vacía no porque yo no estuviera allí —respondió Daven tajante—, sino porque estabas demasiado ocupada pensando solo en ti misma. Y lo sabes.
Ambos respiraban agitados, agotados por el peso de la discusión. Se quedaron en silencio, y solo se escuchaba el tictac del reloj de pared; un sonido fuerte, constante e intrusivo en medio de la tensión.
—No sé por qué —dijo Vanessa, tratando de calmarse—, pero cada vez que peleamos así, mantengo la esperanza de que lleguemos a algún lado. Quizás esta vez tenga sentido. Que si hablamos lo suficiente, lograremos resolverlo.
Hizo una pausa y miró al hombre que alguna vez la hizo sentir que el mundo giraba en torno a ellos. Pero últimamente no podía quitarse la sensación de que, por mucho que se esforzara, nunca era suficiente.
—¿Todavía me amas, Daven?


Comentários
Os comentários dos leitores sobre o romance: El Mes Que Fuimos Verdad