—Mm... ¿por qué está tan suave? —balbuceó Althea, con una voz que apenas era un susurro. Sus párpados se abrieron poco a poco mientras la suave luz de la mañana entraba a la habitación, ayudándola a enfocar la mirada.
Por instinto, estiró el brazo buscando sus cosas de siempre: su conejo de peluche y el celular que siempre dejaba a la mano para revisar la hora en cuanto despertaba.
Pero algo estaba mal.
“Espera...”
—Este no es... ¿mi cuarto? —preguntó, parpadeando con rapidez, confundida. ¿Estaba soñando? Sus sentidos trataban de entender qué pasaba: la textura del edredón, lo acolchonado del colchón y luego... esa fragancia masculina, sutil pero inconfundible.
Familiar. Cálida. Limpia.
Daven.
Sintió ansiedad. ¿Qué hacía ahí? Y lo más importante: ¿dónde estaba él?
—¿Ya despertaste?
Escuchar su voz le provocó un escalofrío por la espalda.
Althea giró la cabeza hacia donde venía el sonido. Ahí estaba él, sentado relajado en un sofá a unos metros de la cama. Daven se quitó los lentes, dejó su tablet de trabajo a un lado, se levantó y caminó hacia ella.
No se movió. Su mente seguía tratando de procesar el hecho de haber despertado en una cama que no era la suya. En la cama de él.
—¿Qué hora es? —preguntó con la voz tensa.
Daven ya se estaba poniendo el saco mientras miraba el Rolex en su muñeca.
—Poco más de las siete.
—¡Ay, Dios mío! —exclamó ella, entrando en pánico otra vez—. ¡Me quedé dormida!
Daven arqueó una ceja.
—¿Y? ¿Eso es un problema?
Ella hizo a un lado las cobijas con prisa, buscando algo con desesperación. Él la observaba con curiosidad. ¿Así despertaba ella siempre?
—Espera, ¿por qué estoy aquí? —preguntó, concentrándose en lo más urgente.
—Te quedaste dormida en el comedor —respondió Daven con calma—. No me atreví a despertarte. La puerta de tu cuarto tenía seguro y no quería estar preguntando por la llave... así que te traje aquí.
Althea soltó el aire poco a poco. ¿Se había quedado dormida? ¿En el comedor?
—Perdón —murmuró con la mirada baja por la vergüenza—. No debí dejar todo hecho un desastre. Y gracias por... dejar que me quedara. Sobre la cena...
—No pasa nada —la interrumpió él con suavidad, ahora de pie junto a la cama.

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