—¿Hace falta que me despida? —preguntó Althea con una risa amarga.
Al bajar del auto, su mirada se detuvo en la casa donde había vivido el último año. No le había dejado muchos recuerdos dulces, pero aun así, ella había formado parte de ese lugar. Y por eso, una parte de ella estaba agradecida; agradecida por la oportunidad de haber estado al lado de alguien tan bondadosa y auténtica como Evelyn, la abuela de Daven.
—No te olvidaré, Evelyn —susurró—. Mañana vendré a verte, pero lo siento... tal vez sea la última vez —dijo, mientras su agarre se apretaba alrededor de la correa de su bolso—. Esta es mi última noche aquí.
En el momento en que entró en la casa de los Callister, se encontró con miradas afiladas y de desprecio.
Felicia la recorrió de arriba a abajo con una mueca de burla, mientras que Karina soltó una tos exagerada, aunque su mirada era igual de despectiva.
—Vaya, en serio no conoce el significado de la vergüenza —le murmuró Karina a Felicia. No es que fuera precisamente un susurro; Althea escuchó cada palabra.
—Como si no fuera obvio a quién eligió Daven —añadió Felicia, cruzándose de brazos con firmeza.
Kate estaba sentada con las piernas cruzadas en el sofá de la sala, observando cómo sus hijas se entretenían a expensas de Althea. A sus ojos, tenían razón. Althea tenía mucho descaro: entrar en esa casa con la frente en alto, actuando todavía como si perteneciera allí. Fingiendo aún que era importante.
—Debiste conocer tu lugar desde el principio, Althea. Daven ya tomó su decisión. Es hora de que aprendas cuándo retirarte.
Pero Althea no se inmutó. Se limitó a ofrecer una suave sonrisa, tan tranquila que casi parecía una burla hacia ellas.
—Buenas tardes, suegra. Cuñadas. Espero que estén disfrutando de su café —dijo, mientras levantaba la pequeña bolsa que llevaba en la mano—. Traje pan recién hecho de su panadería favorita. ¿Quieren?
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