Althea estaba fascinada con lo que veía.
En el momento en que abrió los ojos, después de todo lo que había pasado, decidió guardar ese recuerdo con mucho cuidado en su corazón. Era demasiado valioso para ponerlo en palabras; uno de los momentos más bellos de su vida. Y se volvía aún más especial por tener la oportunidad de admirar al hombre que, muy en el fondo, sabía que amaba.
—Qué suerte tengo —susurró para sí misma.
Estiró la mano y sus dedos quedaron suspendidos sobre la sien de Daven, casi rozando los mechones de cabello que le caían por la frente. Pero se detuvo. No se atrevió. Haber pasado la noche a su lado ya era mucho más de lo que alguna vez soñó. Ahora, verlo dormir con tanta paz solo hacía que la punzada en su pecho fuera más fuerte, una mezcla agridulce de alegría y dolor.
—Gracias... por cumplir mi deseo —Cerró los puños y añadió en voz baja—: Perdón si fui egoísta.
Acomodó con suavidad la manta que cubría el cuerpo de Daven, asegurándose de que estuviera abrigado y cómodo. Luego, despacio y en silencio, salió de la habitación con cuidado de no hacer ningún ruido que pudiera interrumpir su descanso.
***
Apenas empezaba a amanecer cuando Althea se puso a trabajar en la cocina. El aire de la mañana todavía se sentía fresco, pero ella movía las manos con agilidad mientras preparaba los ingredientes, ponía a hervir agua y hacía un desayuno sencillo y caliente: pan tostado con mantequilla y una sopa ligera de pollo. Quería recibir el día con una sonrisa, con la esperanza de que, tal vez, Daven bajara y la acompañara.
—Parece que hoy tendré que comprar algunas cosas —murmuró mientras revisaba la alacena.
Se habían acabado varios productos. Por lo general, el ama de llaves se encargaba del mandado, pero de vez en cuando prefería hacerlo ella misma. Sentía una extraña satisfacción al elegir las cosas por su cuenta; además, eso la ayudaba a distraerse de la monotonía de vivir en la casa de los Callister.
“Debería preguntarle a Daven si todavía quiere la misma marca de crema de cacahuate”.
El simple hecho de pensar en tener esa plática tan cotidiana con él hizo que su corazón se acelerara. Sin darse cuenta, llevó su mano hacia su vientre y lo acarició con ternura, como si estuviera protegiendo la frágil esperanza de que la noche anterior le hubiera concedido lo que tanto anhelaba.
Un hijo.
Pero esa pequeña alegría no duró mucho.
—¡Querida! —La voz de Kate, exageradamente dulce, resonó por el pasillo. Era un tono cálido y acogedor que nunca había usado con Althea—. ¡No sabía que vendrías a desayunar con nosotros!
La visita inesperada era, precisamente, Vanessa.
Althea ya debería estar acostumbrada a esto, especialmente tras la muerte de Evelyn, Vanessa se había vuelto más atrevida y visitaba la casa como si Althea ya no existiera. Como si el hecho de que ella todavía fuera la esposa de Daven no importara en lo más mínimo.
Pero, en realidad, ¿quién iba a sacar la cara por Althea en esa casa?
Casi todos querían que se fuera. Y por desgracia, Althea, tan necia y terca, se había atrevido a pedir algo absurdo como última condición antes de irse de ese lugar para siempre.
—Te extrañaba, suegra —dijo Vanessa con dulzura—. Esto es para ti. Pasé por una de mis panaderías favoritas y acababan de hornearlos.


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