—¿Tienes miedo?
—No —tragó saliva con dificultad, pero no apartó la mirada—. Lo que más me duele es que me ignores. Como si no existiera.
Daven apenas sonaba como un susurro.
—Qué mujer tan terca eres. Debiste darte cuenta de eso el día que nos casamos.
Él se acercó todavía más. Esta vez, sus dedos rozaron la mejilla de ella; era una piel suave y fresca que emanaba calor ante su contacto. No sabía si era por los nervios o por el aire acondicionado de la habitación.
Se le quedó viendo fijamente mientras su pulgar trazaba círculos distraídos sobre su piel, como si algo dentro de él estuviera peleando contra la razón. Exhaló despacio. ¿Era frustración? ¿O algo más que se empezaba a desmoronar en su interior?
—Deja de mirarme así —murmuró él.
—¿Cómo? —susurró ella.
Podía sentirlo: él era quien estaba a punto de retroceder. Y darse cuenta de eso la impulsó a hacer algo atrevido, tal vez imprudente. Con la mano temblorosa, buscó el pecho de Daven y recorrió con suavidad sus músculos.
—Esta es tu última advertencia —dijo Daven con la voz tensa, esforzada. Como un hombre que está a punto de perder el control.
—Estoy segura de esto. Ya dejé de lado hasta el último pedazo de orgullo que me quedaba solo para estar aquí frente a ti y pedirte esto… —rio con amargura—. Dime algo, ¿en serio te parezco tan poco atractiva? ¿Es por eso que no dejas de rechazarme?
—Maldita sea.
Él la sujetó de ambas muñecas y las inmovilizó sobre su cabeza con una mano. Con la otra le tomó la cara, con un agarre firme pero no cruel, manteniéndola fija mientras su boca se estrellaba contra la de ella de forma brusca, repentina y desesperada.
Su lengua se abrió paso a la fuerza, sin darle tiempo a Althea de recuperar el aliento.
—No sé si voy a lastimarte o no —gruñó él entre besos—, pero tú lo elegiste. No te fuiste cuando pudiste.
—Haz… haz lo que quieras hacerme —le costó todo su esfuerzo poder pronunciar esas palabras.
Seguirle el ritmo a Daven se sentía como ser arrastrada por una corriente de la que no tenía esperanza de escapar. Pero no quería hacerlo.
Él inhaló profundamente con los ojos encendidos.
—Me vas a volver loco esta noche.


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