Decir que no estaba nerviosa sería mentira.
Solo se había levantado por un vaso de agua, pero terminó preparándole algo ligero de cenar porque Daven se veía agotado y hambriento. Y ahora... ahora estaba ahí.
En la recámara de Daven.
Un lugar en el que nunca antes había puesto un pie.
“Ay Dios, ¿por qué estoy tan nerviosa?”, se dijo a sí misma. No importaba cuánto intentara restarle importancia; esta era la noche. La noche que tanto había esperado. El momento en que por fin estaría con Daven, no solo como la mujer que vivía en su casa, sino como su esposa.
Una noche que les correspondía desde hace un año.
—No vayas a hacer ninguna tontería, Althea —se susurró—. Solo síguele el paso. Tú puedes con esto. —Apretó la tela de su pijama con fuerza—. Piensa en todas esas novelas que has leído. Lo tienes bajo control.
Cuando entró por primera vez a la habitación de Daven, la recibió una luz tenue y un espacio minimalista y silencioso. Los tonos grises y blancos cubrían cada superficie; todo estaba impecable y era impersonal, como la suite de un hotel.
Daven le había pedido que esperara; quería bañarse.
Ahora, solo el tictac del reloj le hacía compañía, junto con el leve sonido del agua en el baño. Pero cuando el ruido se detuvo... sintió que se le detuvo el corazón.
Él ya había terminado.
“Tranquila. No entres en pánico. Solo respira”, se dijo para calmar los nervios.
Althea se quedó parada junto a la ventana, sin atreverse a sentarse en la cama tendida. Estaba de espaldas a la luz, por lo que solo se veía su silueta. El suave algodón de su pijama se pegaba ligeramente a su cuerpo, haciéndola ver más pequeña y delicada de lo normal.
Daven caminó hacia ella.
—En serio me esperaste —dijo con una risita. Para ser sincero, esperaba que ella saliera corriendo, pero no; Althea hablaba en serio.
—Me dijiste que esperara, ¿no? —respondió ella mientras se daba la vuelta, pero se quedó inmóvil por la sorpresa.
Estaba sin camisa, solo con unos shorts y una toalla sobre el cabello húmedo.
—¿Todavía no te has secado el cabello? —preguntó, acercándose a él antes de poder evitarlo.
—Siéntate —dijo en voz baja—. Yo te lo seco. —Se estiró para tomar la toalla, pero luego dudó—. Ay... perdón. Tal vez fue demasiado. No quería...


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