La sala quedó en silencio. Sus últimas palabras flotaron en el aire, pesadas, opresivas, dejando tras de sí el dolor de preguntas sin respuesta.
Un reportero de cabello corto se puso de pie despacio, con la mirada fija en la pantalla, como si buscara la verdad en el rostro de Althea. Levantó la mano y su voz resonó con claridad a través del micrófono.
—Señorita Althea… usted dijo que Josh es su hijo —titubeó, tragó con dificultad y continuó—. Pero… ¿es cierto, entonces? Los rumores que circulan… ¿que el niño es hijo biológico de Daven Callister?
La sala estalló en caos. Los reporteros jadearon, los murmullos se extendieron como una tormenta, las cámaras enfocaron la transmisión en vivo y todo el recinto se tambaleó al borde de una explosión.
Theo giró la cabeza hacia Vanessa, que tenía la cara blanca como el papel. Le habló en un susurro áspero, casi ahogándose de incredulidad.
—No me digas que…
Antes de que alguien pudiera responder, la pantalla se congeló en el rostro de Althea: la mirada afilada pero cargada de dolor. La sonrisa que antes le suavizaba las facciones había desaparecido. Era dolorosamente evidente cuánto la habían herido esas preguntas.
Y entonces, la transmisión se cortó a negro.
El caos estalló en la sala donde se celebraba la conferencia de prensa de Vanessa. Las preguntas volaron como flechas, los reporteros gritaban unos sobre otros con voces cada vez más urgentes mientras muchos transmitían el evento en vivo por sus propios canales. La noticia de lo que acababa de ocurrir se propagó a velocidad vertiginosa.
—¡Señorita Vanessa! ¿Qué responde a la declaración de Althea?
—¿Es cierto que le robó el esposo a otra mujer hace ocho años?
—Esos documentos eran oficiales, ¿los está negando?
—¿En serio destruyó el matrimonio de alguien más antes de casarse con Daven Callister?
—¿Cuánto tiempo estuvo persiguiendo a Daven antes de que se legalizara su matrimonio?
—Entonces, ¿la supuesta aventura entre Daven y Althea… nunca ocurrió?
—¿Qué responde a las declaraciones de la señorita Althea?
—Los documentos que presentó fueron verificados. Cada detalle coincide. ¿Cómo explica eso, señorita Vanessa?
El bombardeo fue implacable; las voces la golpeaban como olas en una tormenta.
Entonces, justo cuando la pantalla negra parecía haberse asentado en el silencio, volvió a encenderse. Los técnicos se abalanzaron sobre los controles, presionando botones y cambiando las señales con desesperación, pero nada funcionó.
La pantalla gigante se iluminó de nuevo, esta vez mostrando imágenes que eran, sin lugar a dudas, de Solaviz.
Una nueva ola de conmoción recorrió la sala. Los reporteros jadearon, se inclinaron hacia adelante y las cámaras dispararon a velocidad frenética.
Otra revelación. Otro golpe.
Vanessa contuvo el aliento, la mente en blanco, la lengua paralizada. No logró decir una sola palabra.
Theo se levantó, con la cara encendida.
—¡¿Qué demonios es esto ahora?! —gritó, la voz retumbando por toda la sala—. ¡Apáguenlo! ¡APÁGUENLO YA!
Nadie le hizo caso. A nadie le importó. Todos los ojos de la sala estaban clavados en la pantalla gigante.
Una voz fría y calculada llenó los altavoces.
—Estas imágenes fueron tomadas hace seis meses, en un hotel del centro de la ciudad. Se ve con claridad a Vanessa Blake acompañada de su asistente, James.
Las imágenes aparecieron en pantalla. Nítidas. Innegables. Vanessa y James captados al entrar a una habitación de hotel, y luego saliendo horas después. Más fotografías: Vanessa sentada frente a él en un restaurante exclusivo, con expresiones demasiado íntimas como para confundirlas.

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