En cuestión de segundos, todas las cámaras y micrófonos de la sala giraron hacia la pantalla. Los reporteros se apresuraron a capturar cada cuadro, cada palabra. Era el tipo de historia que no se presentaba dos veces.
Mientras tanto, los intentos desesperados de Theo y Vanessa por desacreditar la transmisión cayeron en saco roto. Sus negaciones, sus protestas... todo sonaba débil, tragado por la evidencia innegable en la pantalla.
—Sé que muchos de ustedes creen que no soy más que una robamaridos. —La voz de Althea temblaba de emoción, pero sus palabras salían firmes—, pero la verdad es distinta. Hace ocho años, me casé legalmente con Daven Callister. Nuestra boda no fue para las cámaras ni para los medios; fue nuestra, privada pero real.
La pantalla cambió y mostró un documento legal: un acta de matrimonio oficial, con sellos y firmas.
—No… no… ¡esto no es verdad! —Vanessa se lanzó hacia adelante y agarró el micrófono con la mano temblorosa. Su voz se quebró en un grito agudo—. ¡Eso es falso! ¡Todo es...!
Pero se le atoraron las palabras cuando la imagen volvió a cambiar. Esta vez, fotografías llenaron la pantalla: fotos de boda sencillas, sin adornos. Daven estaba de pie junto a Althea, rígido, con la mirada fría, mientras ella llevaba un vestido blanco sencillo. Lejos de ser ostentoso, pero innegablemente real.
Exclamaciones y murmullos recorrieron el salón. Los flashes estallaron frenéticos mientras los reporteros capturaban cada detalle de la evidencia demoledora que ardía en la pantalla.
—Después de esa boda, viví en las sombras —continuó Althea con voz firme, aunque sus ojos cargaban el peso de los años—. Porque desde el principio, Vanessa no dejó de perseguir a mi esposo. Lo soporté durante un año antes de rendirme. Nos divorciamos. Y poco después… Daven se casó con ella.
La transmisión cambió de nuevo, esta vez mostrando el acta de matrimonio oficial de Daven y Vanessa. La fecha resaltaba con una claridad brutal: apenas unos meses después del divorcio de Althea.
—Miembros de la prensa, pueden verlo ustedes mismos —prosiguió Althea con expresión indescifrable—. La fecha de mi divorcio de Daven y la fecha de su matrimonio con Vanessa. ¿Acaso esto no demuestra quién seducía a quién en realidad? ¿No es obvio quién fue la primera en ir detrás de mi exesposo?
Un reportero soltó el aire con fuerza, como si las palabras apenas le salieran de la garganta.
—Entonces… fue Vanessa quien le robó el marido a otra mujer…
—¡No! ¡Es mentira! —chilló Vanessa, presa del pánico, destrozándose la voz. Se abalanzó sobre los técnicos, arrancando cables y pateando el equipo—. ¡Corten la transmisión ahora!
—¿No acababa de decir la señorita Vanessa que ni siquiera conocía a la señorita Althea? —Presionó un periodista con tono cargado de incredulidad—. Vaya, señorita Vanessa, actuó muy bien su papel, ¿no?
—¡Cállate! —le espetó Vanessa, perdiendo la compostura—. ¿Cuándo he conocido yo a esa maldita mujer, eh?
Pero su arrebato quedó ahogado por la voz de Althea, que atravesó el caos con una calma tajante y penetrante.


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