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El Mes Que Fuimos Verdad romance Capítulo 142

James no dijo nada.

—¿En serio amas tanto a mi esposa?

El hombre frente a él bajó la mirada aún más.

—No tengo intención de cancelar el divorcio —continuó Daven—. Deberías estar contento, ¿no? Esta es tu oportunidad de demostrar lo que sientes por ella. Entonces, ¿por qué me pides algo tan absurdo?

—Pero... —James se obligó a levantar la mirada, con la voz tensa—. Si se divorcia de ella, Vanessa podría... hacer algo imprudente.

Daven entrecerró los ojos, aunque no pareció sorprendido.

—Sé a qué te refieres.

James guardó silencio; las palabras que había preparado se volvieron inútiles en su lengua.

—No me importa —dijo Daven con voz firme, despojada de emoción—. Si quiere destruirse, eso ya no es mi problema. Ese es tu trabajo: estar ahí para ella, como siempre lo has hecho. Tú elegiste ese camino, James. No yo.

—Yo... —James levantó la cabeza, pálido—. ¿Cree que no lo he intentado? He hecho todo por Vanessa, aunque eso signifique...

—¿Rebajarte? —lo interrumpió Daven sin piedad—. Esa es tu decisión. Pero yo no voy a cambiar la mía. Ya es demasiado tarde, y no tiene caso darme explicaciones largas. Lo único que parece es una excusa para justificar lo que ambos hicieron.

El silencio cayó entre ellos. Solo el zumbido tenue de la cafetera y el tintineo de cucharas en otra mesa llenaban el espacio.

Daven exhaló brevemente y se puso de pie.

—Creo que no queda nada de qué hablar.

James no supo qué más decir. Su último intento de convencer a Daven había fracasado, aunque estaba seguro, absolutamente seguro, de que Daven todavía se preocupaba por Vanessa. ¿No eran una pareja que se amaba?

—Usted también oculta algo.

James hizo que Daven se detuviera a medio paso.

No. No podía dejar que esta oportunidad se le escapara sin obtener nada.

—Detrás de todos los viajes de trabajo... incluida esa visita a Solaviz —dijo James—. ¿Cree que no lo sé? Se reunió con su exesposa, ¿no es así?

Las palabras dieron en el blanco e hicieron que Daven se detuviera. Giró la cabeza lentamente, a regañadientes, aunque la acusación de James le había tocado un nervio y sembrado preguntas incómodas: ¿cómo sabía James lo de Althea? ¿Había mandado a alguien a seguirlo por Solaviz?

Aun así, Daven mantuvo la compostura y observó a James como si midiera si esas palabras merecían siquiera una respuesta.

James exhaló profundamente.

—Tal vez soy un idiota por amar a alguien que nunca me va a elegir. Pero usted... no es muy diferente, ¿o sí? Sigue atado al pasado, señor Daven. No crea que no me doy cuenta.

Daven no respondió, y la paciencia de James empezó a agotarse.

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