Daven tardó un momento en procesar las palabras de su asistente. Sus penetrantes ojos azules se mantuvieron fijos en Arven, quien desvió la mirada, incómodo.
—Si esto le incomoda, puedo…
—No —lo interrumpió Daven—. Es solo que… no me lo esperaba. —Enarcó una ceja—. ¿James? —Bajó la voz, con un filo de acero—. ¿Cree que tengo tiempo para el amante de mi esposa? Ese hombre no tiene vergüenza.
—Puedo rechazarlo, si lo prefiere —ofreció Arven con cautela.
Daven guardó silencio un instante antes de retomar el paso.
—No hace falta. Dile que me vea en la cafetería cerca del aeropuerto. Si quiere hablar, lo escucharé.
Arven asintió, aunque en el fondo se preguntaba si su jefe había perdido la razón al aceptar reunirse con el hombre que había ayudado a destruir su matrimonio.
***
La cafetería no estaba llena esa tarde. El aroma intenso de los granos tostados flotaba en el aire, mezclándose con el suave tintineo de cucharas contra la porcelana.
James estaba sentado en un reservado del rincón, inquieto. Sus dedos golpeteaban contra la mesa, un tic inconsciente que delataba sus nervios. Llevaba casi treinta minutos ahí, esperando en el lugar exacto que le habían indicado.
Pero el hombre al que había venido a ver todavía no llegaba. ¿De verdad estaba tan ocupado que no podía dedicarle unos minutos? ¿O estaban jugando con él? No, Daven no era del tipo que jugaba con el tiempo de otros, y James lo sabía.
“Espero haber tomado la decisión correcta”, murmuró para sí. Estaba ahí para dejar algo en claro. Como mínimo, era lo único que podía hacer mientras la situación seguía saliéndose de control.
Recorrió el café con la mirada hasta que por fin lo vio: entraba con ese aire suyo de confianza inquebrantable.
Daven no perdió tiempo en formalidades. Jaló una silla y se sentó frente a James. Su mirada era afilada y hostil, del tipo que dejaba claro que James era una intrusión.
—Di lo que viniste a decir —dijo Daven sin rodeos—. Si vienes a hacerme perder el tiempo, me voy.
James tragó saliva.
—No, señor Daven —dijo rápido—. Gracias por aceptar verme.
Daven no respondió. Solo cruzó los brazos, todavía en guardia, sin confiar en una sola palabra de lo que James estaba a punto de decir.
—Yo… quiero disculparme, señor Daven. Por todo lo que pasó entre Vanessa y yo.
Daven se reclinó en la silla, con expresión indescifrable.
—¿Se supone que debo agradecerte por hacerme sentir como un reverendo idiota?
—No quise decir eso. —Se apresuró James, negando con la cabeza. En sus ojos había una súplica desesperada—. Le juro que nunca fue mi intención que sucediera. Sé que soy culpable. Pero, con todo respeto, espero que… la perdone. Que vuelva con ella. Écheme toda la culpa a mí, señor Daven.
Daven sonrió, pero no fue con calidez.
—Vaya. Así que eres el héroe de mi esposa, ¿no?
James no dijo nada.
—¿Crees que voy a tragarme eso así nada más?

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