“¿En qué estoy pensando?” Althea apretó el botón con fuerza; sus dedos temblaban por los restos de una valentía que ya empezaba a convertirse en arrepentimiento. El aire dentro del ascensor se sentía denso, burlándose de ella por el atrevimiento que acababa de tener.
—Dios... debí parecer una loca —murmuró. Luego se inclinó hacia adelante y golpeó su frente contra la pared. Quizás la vergüenza disminuiría si lograba salir de ese aturdimiento.
La cara de Daven apareció en su mente. Su expresión. La forma en que la miró. Todavía podía sentirlo, de manera clara e inevitable. Aún no podía creer lo que había hecho: sacarlo de su oficina así nada más, con una seguridad que ni ella misma sabía que tenía.
Pero entonces…
—¿A dónde me llevas? —preguntó Daven.
Habló con tranquilidad, pero sus ojos se veían atentos y curiosos mientras las puertas del ascensor se cerraban y empezaban a bajar.
Althea se mordió el labio.
—Yo... no pensé en eso.
Al darse cuenta de lo absurda que sonaba, soltó la mano de él. Pero, extrañamente, cuando lo hizo, Daven sintió un vacío inesperado. No entendía por qué.
Un silencio incómodo se apoderó de ellos hasta que el ascensor timbró y las puertas se abrieron en la planta baja.
—Entonces, ¿solo vamos a dar la vuelta por ahí? —Daven arqueó una ceja.
—No precisamente —respondió ella en voz baja, bajando la mirada—. Pensé que... tal vez podríamos comer juntos. La comida que te preparé hace ra...
—Le Mistral —la interrumpió Daven—. Comeremos ahí.
Asintió y lo siguió mientras él caminaba hacia el auto que esperaba en la zona de estacionamiento VIP.
El trayecto al restaurante fue corto, pero ninguno de los dos habló durante el camino. Althea se quedó callada, sin saber cómo iniciar una conversación, aunque se sentía agradecida de que, al menos, él no estuviera enojado. No hubo palabras hirientes ni comentarios cortantes para ponerla en su lugar. Con eso era suficiente.
Pronto llegaron a Le Mistral, un restaurante francés de una elegancia sencilla. El aire olía ligeramente a mantequilla y tomillo. Unas cortinas blancas y ligeras se mecían con la brisa que entraba por las ventanas abiertas, y una suave música de piano ambientaba el lugar como si fuera un sueño.


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