Por otra parte, siempre estaban fuera de casa: de compras, en eventos sin sentido, gastando dinero como si no valiera nada.
—Espero no llegar tarde —murmuró Althea mientras veía su reloj.
Todavía faltaba media hora para el descanso. Respiró hondo y entró con una seguridad tranquila. Aunque tuvo algunos problemas con la recepcionista, al final logró llegar al piso de los ejecutivos, un área apartada del resto de la oficina.
—Siento mucho la molestia, señor Arven —dijo con educación al llegar.
—Para nada. Me sorprende verla aquí, señora. —Arven se quedó confundido cuando la recepcionista llamó para decir que una mujer que decía ser la esposa de Daven quería verlo. En esa oficina, nadie la presentaba nunca como su mujer.
A su boda solo habían ido unas cuantas personas; fue una ceremonia privada, lejos de los reflectores, y no se permitió publicar ni una sola foto en redes sociales.
Por suerte, Arven todavía la reconocía.
—Por aquí, por favor —Arven le indicó que pasara a la sala de espera, el lugar donde los clientes aguardaban antes de sus citas—. Espere un momento aquí. Le traeré algo de tomar.
—Me gustaría ver a Daven ahora. ¿Se puede?
Arven titubeó.
—Eh... bueno, es que...
—Ah, entiendo —Althea sonrió, como para restarle importancia al asunto—. Seguro está muy ocupado, ¿no? ¿Podría al menos...?
La puerta de la oficina se abrió.
Ahí estaba él, el hombre al que Althea buscaba. Pero no estaba solo.
—¿Tú qué haces aquí?
La expresión alegre de Vanessa se borró en cuanto la vio. Su mirada se clavó en la mujer que estaba de pie frente a ella con descaro. ¿Por qué estaba ahí? ¿Quería ver a Daven?
“Por Dios, ¿no tenía vergüenza?”, pensó ella.
Sin dudarlo, Vanessa se colgó del brazo de Daven, aferrándose a él como si fuera de su propiedad.
—¿En serio viniste? —preguntó Daven, sorprendido por verla ahí.

VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentários
Os comentários dos leitores sobre o romance: El Mes Que Fuimos Verdad