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DIÁVOLO. Una esclava para el monstruo romance Capítulo 99

DIÁVOLO II. CAPÍTULO 17. Intimidad

—Déjame ayudarte —se ofreció Eyra, acercándose y él no se opuso.

Dejar que alguien lo ayudara de cualquier manera era lo menos común para su naturaleza, pero no podía negar que se sentía más pesado de lo habitual, como si las horas sin dormir y la pelea reciente estuvieran cobrando su precio. Eyra desabrochó los botones de su camisa y lo ayudó a quitársela, dejando al descubierto un torso marcado por los músculos y el tiempo.

Había tatuajes allí como para hacer suspirar a una millenial, sin embargo, lo que más llamó su atención fue el extenso moretón que se extendía por su costado izquierdo.

—¿Está muerto? —preguntó, señalando el golpe mientras sus dedos, aún cubiertos por guantes, rozaban la piel oscurecida.

—¿Perdón?

—El otro. ¿Está muerto?

Adriano soltó una risa breve, áspera.

—No hagas preguntas obvias, cariño. Los otros ya están bajo cinco metros de tierra hace tres horas —respondió y las manos de la doctora se detuvieron de repente.

Adriano notó cómo apartaba la mirada, como si no pudiera evitar pensar en lo peligrosas que eran las vidas que ambos llevaban ahora, aunque en niveles diferentes.

—Métete a la ducha, será mejor que te quites toda la suciedad antes de curarte —dijo Eyra con un tono firme, aunque una parte de ella temblaba ligeramente al estar tan cerca de él.

Adriano obedeció, aunque no tenía más que algunos pocos cortes que no necesitaban mucha atención. Mientras se quitaba los pantalones y se metía bajo el agua, Eyra buscó una toalla extra y el pequeño botiquín del baño para curarlo luego. Estaba a costumbrada a cuidar de todos, se había hecho a la idea desde hacía años, pero con Adriano algo se sentía extraño. Tal vez era la mezcla de atracción y esa sensación de estar enredada en una telaraña que no terminaba de comprender, o quizás era la forma feroz en que había respondido cunado lo había probado.

Cuando el sonido del agua cesó y Adriano salió desnudo, con el agua resbalando por cada músculo de su cuerpo. Eyra se dio cuenta de que aquel era el punto de no retorno. Para eso estaba allí, para ser su mujer. No podía empezar a sonrojarse solo por ver… ¡maldición pero a cualquiera se le salían los ojos por verlo desnudo!

Pasó saliva y se acercó a él, pero para sorpresa del italiano, su primer movimiento no fue para cubrirlo.

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