DIÁVOLO II. CAPÍTULO 16. Dos amantes bajo el mismo techo
Un silencio sepulcral cayó sobre la cocina. Las otras mujeres que estaban trabajando dejaron de moverse, mirándolas con el aliento contenido. Incluso los guardias intercambiaron miradas, claramente confundidos por lo que acababan de escuchar. Sin embargo, la única que rompió ese silencio fue la propia Zoraya, que soltó una carcajada incrédula.
—¿Estás loca? —se burló, dando un paso hacia Eyra con una sonrisa burlona—. ¿De verdad crees que puedes despedirme? Esta no es tu casa, estúpida. No tienes ningún poder aquí. Guardias, ¡saquen a esta idiota de la casa ahora mismo!
Los hombres no se movieron. Parecían dudar, como si estuvieran esperando algo más antes de actuar.
—¿Qué pasa? —preguntó la mujer, claramente frustrada—. ¡Dije que la saquen!
Sin embargo antes de que los guardias pudieran responder, otra voz se escuchó desde la entrada de la cocina. Una voz grave y autoritaria que hizo que todos en la habitación se tensaran de inmediato.
—¿Qué está pasando aquí? —Adriano apareció en el umbral, y su presencia dominó toda la habitación sin esfuerzo. Su mirada recorrió lentamente a todos los presentes antes de posarse en Eyra.
Venía cansado después de una noche de perros, venía incómodo y definitivamente sin ganas de lidiar con conflictos domésticos, y si era honesto no había esperado que la doctora se los causara tan rápido.
—¿Qué está pasando, Eyra? —preguntó, acercándose a ella con pasos lentos y deliberados.
—Pasa que acabo de despedir a esta mujer —dijo ella con firmeza, señalando Zoraya y luego mirando a Adriano directamente a los ojos—. Lo siento, pero el señor de la casa no puede tener dos amantes bajo el mismo techo.
Un nuevo silencio se apoderó de la habitación. Incluso Adriano pareció sorprendido por un breve instante. Nadie despedía a su personal salvo él, así que por un lado aquella era una atribución mayúscula, y por el otro era una declaración de su posición dentro de aquella casa.
Porque algo era seguro, Eyra no había adivinado que se acostaba de cuando en cuando con Zoraya, así que de alguna manera se lo habían hecho saber y la habían provocado. Su rostro comenzó a relajarse en una expresión de satisfacción velada, pero un segundo después Zoraya se adelantó como si tuviera algún control sobre lo que estaba pasando.
—¡Señor Viscontti, ya le dije que eso era ridículo! ¡Nadie da ordenes en esta casa excepto usted! ¡Nadie puede despedirme excepto usted!
Adriano la miró de arriba abajo y notó aquella mejilla roja, así que probablemente el escarmiento se lo hubieran adelantando.

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