DIÁVOLO II. CAPÍTULO 18. Marcas bajo la piel
Eyra dejó caer la mirada hacia sus manos enfundadas en los guantes que llevaba siempre. Podía decirle la verdad, pero el momento, el día y hasta el mes se habría arruinado con eso. Así que solo respiró hondo antes de hablar.
—La piel de mis manos y mis antebrazos es... es muy sensible. Tuve un accidente cuando era chica, y a veces el tacto… me resulta un poco doloroso. —Su voz era baja, como si temiera que las palabras tuvieran más peso si las decía más fuerte—. Pero si tú quieres, me los quitaré…
Empezó a tirar del borde del guante izquierdo, pero antes de que lo lograra, los dedos de Adriano se cerraron alrededor de su muñeca. No con fuerza, sino con una firmeza suave y calmada.
—No necesitas hacerlo por mí —dijo con tono tranquilo, casi un susurro, pero cargado de segundas intenciones—. Hay muchas, muchas otras maneras en las que puedo dolerte.
Eyra alzó la vista, sus cejas ligeramente arqueadas por la sorpresa, pero no pudo evitar que una chispa de ironía brillara en sus ojos.
—¿Siempre eres tan coqueto? —preguntó con un rastro de burla, pero su tono temblaba, como si quisiera distraerlo.
Adriano soltó una breve risa, un sonido bajo y grave que reverberó entre ellos, haciendo que el vientre de Eyra se tensara aun involuntariamente.
—¿Coqueto? No sé qué es eso. ¿Se come? —respondió con una mueca que simulaba confusión.
Eyra dejó escapar un resoplido mientras ponía los ojos en blanco, aunque un lado de sus labios se curvó en una sonrisa.
—OK, OK… pero haciendo honor a tu doble sentido, otra cosa es la que se come.
Adriano no dijo nada. La distancia entre ambos se acortó en un instante, y antes de que Eyra pudiera reaccionar, sus besos se encontraron con un beso que más bien parecía una declaración. Sus manos envolvieron su cintura, atrayéndola hacia él, y la intensidad del momento borró cualquier protesta que la doctora pudiera tener. Se rindió por completo a su control, al dominio que irradiaba, y por un segundo eso se sintió… demasiado bien.
Cuando él se apartó apenas un centímetro, con su frente apoyada en la suya, a Eyra casi se le escapó un puchero de protesta.
—Relajación ¿te acuerdas? —le dijo él y se ganó una mordida sobre uno de sus pectorales.

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