CAPÍTULO 78. Un capítulo cerrado
Moon titubeó por un momento, pero al final obedeció. Sabía que había cosas en el mundo que él le ocultaba, pero había aprendido que todas eran su bien y no cuestionaba ninguna. Así que salió de la villa, donde el aire fresco la recibió como un bálsamo. Subió a la camioneta y esperó.
Renzo, por su parte, se giró hacia Ashford, que intentaba murmurar algo, pero la mandíbula rota le impedía hablar.
Sus dedos pasearon sobre las mesas llenas de herramientas y evaluaron lo que necesitaba hasta alcanzar un pequeño cuchillo curvo, muy parecido a una hoz en miniatura.
—Verás… tú eres un pedazo de m****a muy grande y te mereces cada segundo de dolor —murmuró—. Pero lo que voy a hacerte… no quiero que la madre de mis hijos lo vea. —Por un momento se detuvo y se encogió de hombros—. O a lo mejor solo no quiero que vea lo mucho que lo voy a disfrutar… quiero decir, ella cree que ya conoce lo peor de mí… pero la verdad es que no.
Luego solo hubo gritos, porque a pesar de la mandíbula fracturada, nada pudo evitar aquellos alaridos desgarradores de Edward Ashford. Moon cerró los ojos, disfrutando de cada uno de ellos, hasta que finalmente el sonido cesó.
Renzo salió poco después, limpiándose las manos con un trapo. Subió a la camioneta y cerró la puerta con un gesto suave.
—Ya casi está hecho —dijo, mientras sus hombres cargaban a Ashford, inconsciente, en la cajuela de la camioneta—. En una hora esto habrá terminado para siempre. ¿De acuerdo, nena?
La pequeña caravana de tres camionetas comenzó a moverse, mientras Renzo enredaba sus dedos en los de Moon y la estrechaba contra su cuerpo. Había hecho algunos arreglos, unos que tenía desde hacía años porque a veces consideraba que la muerte no era suficiente castigo, y Edward Ashford estaba a punto de pertenecer a ese selecto club de los hombres para los que Renzo Viscontti había fabricado un largo y doloroso infierno en vida.
Menos de una hora después rodeaban un terreno amurallado y además cercado por fuera. Las espirales de alambre de púas sobre las cercas lo decía todo, y Moon se giró hacia Renzo con expresión confundida.
—¿Una cárcel?
—No es cualquier cárcel —respondió él suavemente—, es la Prisión Central de Bang Kwang, el Gran Tigre.
—¿El Gran… por qué…?
—Porque suele devorar a todo el que cae dentro… de una forma o de otra —respondió él y un instante después uno de sus hombres le abría la puerta del auto.
Apenas bajaron, ya un grupo de guardias estaba listo para recibirlos, y su jefe, un hombre de mediana edad con una cicatriz en el rostro, saludó a Renzo con respeto.
—Siempre es un honor hacer negocios con usted, señor Viscontti. Ya estaba extrañando su llamada.

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