DIÁVOLO II. CAPÍTULO 19. Tortura
Eyra jadeó mientras las lágrimas involuntarias subían a sus ojos, pero eso solo pareció acelerarle la sangre al italiano, porque lo siguiente que sintió fu un pulgar sobre su barbilla empujando hacia abajo.
—Eso… bájala… más… más…
Los ojos de Eyra se abrieron con sorpresa, como si no pudiera entender aquel simple movimiento que despejaba su garganta, dejando pasar el aire y todo lo demás mientras Adriano volvía a empujarse dentro de su boca, esta vez con más seguridad.
—Perfecto… —lo escuchó gruñir mientras cada embestida comenzaba a hacerse más fuerte, más precisa, más poderosa—. Enséñame de qué estás hecha, muñeca…
Y estaba hecha de acero, indiscutiblemente, porque tenía que serlo para que aquello le provocara tanto, la desarmara tanto, y a la vez poder resistir la fuerza con que aquel miembro invadía su garganta. Eyra podía sentir las lágrimas corriendo desde sus ojos, pero cada gruñido de Adriano solo le decía que él disfrutaba eso.
Un segundo después el descontrol comenzaba, aquellos espasmos deliciosos en su vientre que anunciaban un orgasmo furioso, y aquel puño que se hacía casi doloroso contra su cabello.
—Traga… —fue lo último que le escuchó decir antes de que aquel gruñido se expandiera por su pecho, y Eyra juraba que jamás había visto a Adriano Viscontti más satisfecho que mientras se corría en su boca.
Para el momento en que Adriano Viscontti bajó la cabeza y se encontró con los ojos de Eyra, aquellas pestañas húmedas lo hicieron sonreír con satisfacción.
—Eres algo así como un sádico dulce, ¿verdad? —preguntó Eyra mientras él la levantaba despacio contra su cuerpo.
—¿Torturo con placer? —replicó Adriano—. ¿Y por placer? —añadió con una mueca porque nadie lo había entendido hasta ese momento—. Quizás… supongo que me lo dirás cuando terminemos aquí.
Eyra pasó saliva sin poder evitarlo. Tenía su regusto salado en la boca, apenas, porque aquella descarga había ido al fondo de su garganta directamente. Y por extraño que pudiera parecer todo en su cuerpo parecía rendirse a eso.
—Por favor, dime que no tengo que tratarte como a una princesa —gruñó Adriano mientras su aliento cálido se deslizaba sobre la curva del cuello de Eyra, y enterraba la nariz en su piel.

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