Los rayos de sol se colaban por las rendijas de las cortinas.
Trató de hacer memoria con todas sus fuerzas...
Era seguro que ella no se había subido sola. Sentía que alguien la había cargado...
Se alborotó el cabello ya despeinado. No había que ser un genio para adivinarlo: tenía que haber sido Caleb.
Ahora bien, si durmieron juntos en la misma cama...
De eso no recordaba absolutamente nada.
Sin importarle su aspecto, salió volando de la habitación y bajó las escaleras a toda prisa.
Vio que Caleb estaba en el patio.
Llevaba ropa deportiva, el cabello un tanto desordenado y estaba sentado en un banquito de madera. Su espalda estaba completamente recta, las piernas cruzadas y las manos apoyadas sobre sus rodillas de forma solemne.
Cristina estaba sentada frente a él, en otro banquito, imitando exactamente la misma postura, sin mover ni un solo músculo.
El perrito negro de la casa estaba sentado entre los dos; los miraba de un lado a otro soltando ruiditos curiosos, mientras meneaba la cola sin parar.
—Cristina —Alana la llamó en voz baja—, ¿qué... están haciendo?
Su hermanita no respondió. Ni siquiera la miró.
Los dos parecían un par de estatuas. Ni parpadeaban.
Rosa pasó por ahí y le susurró a Alana:
—Cristina obligó a su cuñado a jugar a las estatuas de marfil. El primero que se mueva pierde.
Alana frunció el ceño. Se cruzó de brazos, caminó hacia ellos y pasó una mano frente a la cara de la niña, y luego hizo lo mismo frente a Caleb.
Se volteó hacia Rosa y le preguntó:
—¿Cuánto llevan así?
Rosa se rió:
—Pues fácil unos quince minutos.
Alana se puso las manos en la cadera y soltó una carcajada de pura incredulidad.
El grandísimo e imponente Caleb Lozano, compitiendo a muerte en un juego infantil con una niñita.
Un segundo después, Cristina no aguantó más:
—¡Cuñado, me rindo!
Soltó un suspiro dramático:

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