Solo en momentos como ese podía permitirse el lujo de observar su rostro con detenimiento, sin ninguna reserva.
Su mirada recorrió sus facciones; sus largas pestañas reposaban sobre sus pómulos, temblando ligeramente, como las alas de una mariposa.
De pronto, a su mente volvieron las palabras que él le había dicho a su padre: *"Su hija tiene grandes ambiciones y convicciones muy firmes. Ella necesita a alguien capaz de caminar a su lado, paso a paso, y que pueda cubrirle la espalda".*
Sonrió débilmente y soltó un suspiro:
—Que salgan palabras así de tu boca es todo un milagro. Que conste que solo te estoy ayudando por lo que dijiste abajo, ¿me escuchaste?
Al terminar de hablar, notó que los labios de Caleb, normalmente tensos en una línea severa, se habían relajado un poco. Su respiración era profunda y acompasada, y sus mejillas mantenían un suave tono sonrosado.
Así, dormido y un poco ebrio, al fin parecía un ser humano normal.
Alana fue a buscar un tazón con agua tibia y, con mucho cuidado, comenzó a limpiarle el rostro con una toallita húmeda.
De la frente hasta la mandíbula, sus movimientos fueron tan suaves que parecía temer que se rompiera, o que se despertara de golpe.
El calor de la toalla le disipó un poco el rastro del alcohol en la piel y suavizó aún más el rubor de su rostro.
Al terminar con su cara, le tomó una mano con delicadeza y empezó a limpiarle el dorso.
Era una mano grande y cálida. Sus nudillos estaban bien marcados, las uñas perfectamente recortadas, y sus dedos largos y elegantes eran tan atractivos que uno no podía evitar quedarse mirándolos.
Alana no pudo evitar pensar: *¿Unas manos que se ven mejor que las de muchas mujeres pueden disparar un arma? ¿De verdad es un campeón de tiro?*
Le costaba horrores imaginárselo.
Al tomarle la otra mano, sus ojos se posaron de inmediato en el anillo que llevaba puesto.
No se había dado cuenta de que no se lo había quitado para nada.
Ella, en cambio, se había guardado el suyo en su joyero el primer día que regresó a trabajar.
Comparada con él, ella parecía muy poco profesional en esto de su farsa matrimonial.
Después de limpiarle las manos, vio que Caleb seguía con la chaqueta puesta. Preocupada de que durmiera incómodo toda la noche, decidió quitársela.
Se inclinó despacio, lo levantó con cuidado y lo apoyó contra sí misma. Con una mano le sostenía la espalda y con la otra intentaba quitarle la prenda.
Logró sacar la chaqueta. Justo cuando iba a recostarlo de nuevo...

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¡De rodillas, ex esposo! Ahora soy tu tía