Yara se quedó confundida, sin entender lo que quería decir.
—Cuando pasé por mis peores momentos, sí, de verdad te odiaba —le confesó Lisandro con sinceridad.
—Pero una vez que mi dolor sanó, dejé de odiarte. Incluso si no hubieras mentido, te habría perdonado.
Al escuchar sus palabras, la expresión de tristeza de Yara se transformó poco a poco en resentimiento.
—¿Quieres decir que tu perdón es gracias a Alana? ¿Que ella fue quien te curó?
Lisandro bajó la mirada y dijo en voz baja.
—El hecho de que haya venido contigo esta vez es para cumplir una vieja promesa que te hice. Cuando terminemos los asuntos en Oricalco y regresemos, ya no podré cuidarte de esta manera.
—Yarita, deja de aferrarte al pasado. Ambos debemos mirar hacia adelante y seguir con nuestras vidas. En mi corazón, siempre habrá un lugar especial para lo que fuimos. Y siempre seremos los mejores amigos.
Tras decir esto, la miró con ternura.
Yara no dijo ni una palabra, pero sus ojos estaban llenos de obstinación.
De no haber sido por las advertencias de su abuela de no abrir la boca, habría gritado que él y Alana habían terminado para siempre.
Pero no dijo nada más y regresó a su habitación en silencio.
Lisandro soltó un ligero suspiro y miró la hora en su teléfono.
En su país debería ser el mediodía.
Le envió un mensaje a César: [¿La señora ha preguntado por mí?]
César respondió al instante: [No.]
[Señor, ¿desea que le diga a la señora que se comunique con usted?]
Lisandro se quedó mirando la pantalla. Lanzó el teléfono a un lado, invadido por una irritación inexplicable.
...
Mediodía.
En el comedor del Departamento de Seguridad Nacional.
Alana estaba almorzando con su equipo, mientras aprovechaban para discutir los últimos datos del proyecto.

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