Alana por fin reaccionó y giró la cabeza hacia donde provenía la voz.
La multitud empezó a murmurar, y muchas exalumnas mostraron expresiones de pura admiración.
—Es Javier.
—No puedo creer que sea él.
Javier se acercó a Alana en un par de zancadas, tomó la manguera de sus manos y le dijo con suavidad.
—Tranquila, ya fue suficiente.
—¡Javier! —chillaron las mujeres empapadas, abrazándose entre sí como si hubieran visto a su salvador—. ¡Ayúdanos! Ya viste que Alana nos atacó. ¡Tienes que hacer algo!
Javier tiró la manguera a un lado y respondió con una sonrisa calmada.
—Sí, lo vi todo.
—La presión del agua era muy inestable, la manguera se soltó y las mojó por accidente. Alana quería ayudar al jardinero, pero no tuvo la fuerza suficiente.
Luego, miró a Alana.
—¿No es así, Alana?
Ella asintió, todavía procesando la situación.
—Hace mucho frío, vayan a los vestidores a secarse antes de que se enfermen —les dijo Javier a las mujeres, y luego le hizo un gesto a Alana para que lo acompañara.
Caminaron hacia un sendero arbolado menos transitado. Alana lo miraba de reojo, llena de dudas.
En aquellos años escolares, ella sabía perfectamente quién era Javier, pero él no tendría por qué saber quién era ella.
—Siempre te he recordado —dijo Javier de pronto, con una sonrisa—. Antes de irme al extranjero, eras bastante famosa.
Alana se quedó paralizada y sonrió con amargura.
—Se nota que hice el ridículo más de una vez.
Javier soltó una carcajada.
—Si te hubieras defendido de los abusos como lo hiciste hoy, habrías sido aún más famosa.
Las mejillas de Alana se tiñeron de rojo.
—...
—Es broma —sonrió Javier—. Te recuerdo porque aquel año fuiste la mejor de la clase y ganaste la medalla de oro en la competencia de matemáticas. Vi tu método para resolver los problemas, me pareció fascinante.
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Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¡De rodillas, ex esposo! Ahora soy tu tía