Adrián intentó responder, pero ninguna palabra consiguió superar la presión que cerraba su garganta. Decir que jamás obligaría a Victoria habría sido lo correcto, aunque no estaba seguro de poder mantenerse al margen si los médicos confirmaban que el embarazo acabaría con su vida; admitir lo contrario significaba reconocer que una parte de él estaba dispuesta a utilizar su poder, su dinero y el miedo de la mujer que amaba para imponerle una decisión.
—Eso pensé —dijo Fernanda.
—No sabes lo que estoy pensando.
—Lo sé porque yo también llamé amor a la necesidad de controlar a alguien.
—Tú intentaste destruirla por celos. No compares eso con querer mantenerla viva.
Fernanda no retrocedió ni elevó la voz, pues ya no necesitaba vencerlo en una discusión para sentirse importante.
—Las razones son distintas, pero las consecuencias podrían parecerse si terminas creyendo que tus sentimientos valen más que su voluntad.
Adrián quiso recordarle todo lo que había hecho contra Victoria, pero la respiración comenzó a fallarle. El elevador pareció reducirse alrededor de él y la idea de que el bebe pudiera dejar a Camille y Mathis sin madre se mezcló con la posibilidad de convertirse en otro hombre dispuesto a decidir sobre el cuerpo de Victoria.
Se apoyó contra la pared y llevó una mano al pecho.
—Respira despacio —indicó Fernanda.
—No necesito tu ayuda.
—Entonces hazlo solo, pero deja de actuar como si pudieras ordenarle a tu cuerpo que ignore lo que acabas de aceptar sin palabras.
La náusea llegó antes de que Adrián pudiera volver a justificarse. Intentó contenerla, avergonzado por la pérdida de control, pero tuvo que inclinarse hacia una esquina del elevador y vomitó mientras Fernanda se apartaba para darle espacio.
Aquello habría resultado humillante frente a cualquier persona, pero suceder delante de Fernanda, después de permitir que viera una parte de él que ni siquiera quiso mostrar durante la terapia, lo hizo sentirse expuesto de una manera insoportable. Adrián Montenegro podía detener negociaciones, controlar consejos directivos y destruir a cualquiera que amenazara a su familia, pero en ese espacio reducido no era más que un hombre aterrorizado por una pregunta cuya respuesta lo convertía en alguien que despreciaba.
Fernanda no hizo comentarios ni fingió una preocupación que no sentía. Tomó unos pañuelos de su bolso y los dejó cerca, sin intentar tocarlo ni ofrecer palabras destinadas a disminuir una vergüenza que él necesitaba enfrentar.
—No estoy enfermo por lo que pienso —murmuró Adrián cuando consiguió incorporarse.
—No dije que lo estuvieras.
—Tu expresión lo dice.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: De esposa sustituta a la obsesión del CEO
Hola...
Porque sale que son gratis y los cobran de todas maneras...
Si cobran por las novelas, aunque el precio sea menor que las otras apps, mínimo deberían estar los diálogos completos, se salta partes importantes de la conversación en todos los capítulos, deberían revisar eso....