Romeo la escuchaba con mucha atención.
—Sigue...
Amaya sonrió y continuó.
—Cuando mi mamá empezó a trabajar de noche en el bar, ella solo vendía bebidas, pero los vecinos, al verla tan maquillada, asumieron que era una mujer de la calle. Hubo una vecina que, como no se atrevía a insultar a mi mamá, me insultaba a mí. Me llamó "una cualquiera"... Yo solo tenía nueve años, pero en cuanto la escuché, le aventé mi mochila a la cabeza. Nos agarramos a golpes y adivina qué: ¡yo gané!
Amaya se palmeó el pecho, con el rostro iluminado de orgullo. Hasta sus ojos brillaban con esa terquedad de la infancia, viéndose exactamente como una niña rebelde y valiente que aún no crecía.
Romeo levantó el pulgar, sinceramente conmovido.
—De verdad, eres increíble, Ami.
Amaya sonrió.
—Y hubo muchas cosas así. Porque desde niña, he visto la cara más injusta del mundo y a demasiada gente cruel. Mi mamá siempre me enseñó: si no te respetan, pelea. En este mundo siempre rige la ley del más fuerte; si muestras un poco de debilidad, la gente te pisotea. Para que no abusen de ti, tienes que hacerte más fuerte.
Los ojos de Romeo reflejaban compasión, pues él jamás había vivido algo similar en su propia vida.
Amaya miró el paisaje de la calle pasando a toda velocidad por la ventana y suspiró.
—Desde el año en que mi papá se llevó a mi hermano, mi vida nunca volvió a estar tranquila. Para sobrevivir, tuve que pelear y ganar. Incluso si terminaba llena de heridas, tenía que luchar por mi lugar. Más adelante, cuando conocí a Diego, las circunstancias hicieron que termináramos juntos. ¿Sabes lo que sentí cuando yo creía que él huiría de su responsabilidad y, en cambio, me propuso matrimonio?
Romeo la escuchaba en silencio, sin interrumpirla.


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