Diego se quedó paralizado. Sentía el rostro en llamas, alternando entre la palidez y el rojo de la vergüenza.
Él, que solía dar discursos frente a multitudes con arrogancia y seguridad, ahora sentía como si lo hubieran desnudado frente a todo el mundo.
Se sentía como si lo estuvieran quemando vivo, friéndolo en aceite hirviendo.
Leonor temblaba de ira.
—¡Ustedes... son unos...!
Sentía una humillación insoportable, quería defender a Diego a capa y espada, gritarles que estaban equivocados. Pero se dio cuenta de que no tenía argumentos para rebatirles.
Hubo un tiempo en que los Muñoz eran la familia más prestigiosa de Solsepia.
Cuando inauguraron el edificio corporativo del Grupo Muñoz, tocaron el cielo de la gloria.
Todos los ricos de la ciudad se peleaban por adularlos y buscar su favor.
Donde miraran, solo veían amigos. Nadie se atrevía siquiera a levantarles la voz, y mucho menos a señalarlos con el dedo para insultarlos con semejante brutalidad en público.
Como testigo de la desgracia familiar, Leonor comprendió en ese instante una dolorosa verdad: todo estaba perdido.
Su hermano ya no era la estrella en ascenso de las portadas de las revistas de negocios.
Toda su familia se había convertido en el chiste de la ciudad.
Apretando los puños con frustración, jaló a un Diego completamente entumecido, y huyeron como perros apaleados, bajo una lluvia de insultos.
Se subieron rápidamente al auto y desaparecieron del lugar.
A lo lejos, sentados en el Cullinan, Amaya, Beatriz y Romeo observaron toda la escena: la humillación y la patética huida.
Un brillo fugaz cruzó los ojos de Romeo.
—Ami, ¿crees que ya es hora de ponerle fin a este circo?
Amaya miró hacia la avenida vacía sin mostrar ninguna emoción.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Adiós a la Esposa Perfecta