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Adiós a la Esposa Perfecta romance Capítulo 452

Los pasos de Diego se detuvieron en seco y sintió que su mente le jugaba una mala pasada.

Sobre la mesa del comedor, que había estado vacía y triste durante tanto tiempo, ahora descansaban varios platos humeantes que desprendían un aroma exquisito.

No solo eso, sino que las luces de la habitación estaban apagadas, y la única iluminación provenía de unas cuantas velas parpadeantes en la mesa.

Bajo aquella luz tenue y romántica, la figura de la mujer se veía elegante y con unas curvas muy atractivas. Tan solo de espaldas, se parecía increíblemente a Amaya.

*¿Estaré alucinando?*

Amaya estaba en el hospital cuidando a Reni, ¿cómo era posible que estuviera en Villa Jardín del Edén preparándole la cena?

Pero, si no era Amaya, ¿quién demonios era la mujer que había montado toda aquella cena a la luz de las velas?

Diego se frotó los ojos instintivamente.

En ese preciso momento, se encendieron las luces de la sala principal.

La voz de Melina Muñoz resonó en la habitación, con un tono animado y orgulloso de sí misma, buscando su aprobación:

—¡Diego! ¿Sorprendido? ¿No te lo esperabas?

—¡Mira nada más, qué detallista es Valeria! Toda esta comida la preparó ella para ti. Sé que últimamente has estado de mal humor, ¡así que la invité para que te acompañe y te animes un poco!

Diego despertó de su trance y fijó la vista en la mujer que tenía enfrente.

Para entonces, Valeria Zaldívar ya había colocado todos los platos en la mesa y, consciente de que Diego la observaba de pies a cabeza, no dudó en actuar.

Delante de él, se desató el delantal, revelando unas piernas largas y espectaculares y un vestido ceñido, de escote muy provocativo.

Levantó la vista, le ofreció a Diego una sonrisa deslumbrante y se acercó con mucha familiaridad para tomar el maletín de sus manos:

—¡Diego, ya llegaste!

—Sabía que has estado estresado últimamente y quería hacer algo por ti, ¡así que le pedí a Melina que me trajera!

—Espero que no te moleste mi atrevimiento.

El tono de voz de Valeria era dulce hasta empalagar. La mirada que le dirigía era descarada, profunda y estaba cargada de claras intenciones.

No era Amaya... Solo era alguien que jugaba a imitarla.

De hecho, ni siquiera le llegaba a los talones.

Extrañamente, en lugar de sentirse cautivado por el físico y las atenciones de Valeria, a Diego se le revolvió el estómago. Se le quitó el hambre por completo.

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