—Entiendo tu determinación de divorciarte. Si es así, aprovecha esta oportunidad para hablar seriamente con Diego.
—Lo mejor sería terminar las cosas de buena manera y en paz. Pero ahora que hay una niña de por medio, supongo que no será tan fácil.
Amaya se cruzó de brazos, su pecho subía y bajaba lentamente, frunció el ceño y no pudo evitar exclamar:
—Qué cansancio...
Nunca en su vida se había sentido tan exhausta hasta los huesos.
Al pensar en todo lo que había pasado con Diego en los últimos cinco años, en el nacimiento de su hija y en cada paso que había dado hasta llegar ahí... Sus ojos se llenaron de lágrimas de repente, pero se apresuró a reprimir sus emociones para que no la desbordaran.
Romeo, que estaba a su lado, la miró con ternura, sintiendo lástima por ese rostro agotado.
Instintivamente extendió una mano para tomarla del hombro.
Sin embargo, su mano se quedó congelada en el aire y finalmente no la tocó.
Al final, le acarició la cabeza como un hermano mayor:
—No lo pienses demasiado, todo pasará.
—Te esperan muchas personas y cosas hermosas en el futuro. Es solo este paso el que es difícil de dar, pero todo mejorará.
Amaya asintió. Después de liberar sus emociones por un momento, sus ojos recuperaron su habitual firmeza:
—Sí, ¡no me rendiré!
—¡Si Diego quiere jugar con tácticas, yo también puedo ser astuta!
Rápidamente, Amaya recompuso sus emociones y se dio la vuelta hacia la habitación.
Romeo la observó alejarse, admirando internamente el fuerte espíritu de lucha que tenía.
Realmente se parecía mucho a Bill: ambos eran igual de tenaces, incapaces de rendirse, reacios a ceder y siempre firmes en su camino... Esa clase de convicción era rara en los jóvenes.

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