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Adiós a la Esposa Perfecta romance Capítulo 423

Era una risa insolente y feroz, que retumbó con fuerza en el inmenso salón, haciendo que a los presentes les zumbaran los oídos.

Las mujeres que se habían movido al centro de la sala no sabían qué pensar y se lanzaban miradas desconcertadas.

Esa risa repentina de Beatriz les puso la piel de gallina; varias se encogieron de hombros sin saber qué hacer.

Beatriz dirigió una mirada helada a Melina Muñoz y soltó una risa llena de desprecio:

—¿Estás segura de eso? ¿Quieres apostar a que con una sola llamada puedo hacer que tu cuñado pierda absolutamente todo en Wall Street?

Melina no podía creer lo que estaba escuchando y resopló, burlona:

—¡Beatriz Ibarra, menudas tonterías dices! ¿Acaso sabes quién es mi cuñado?

—¿En serio crees que tú, la dueña de un simple club nocturno, tienes influencia sobre las finanzas de Wall Street? ¿Qué clase de chiste de mal gusto es este?

Josefa y Sonia soltaron carcajadas exageradas al unísono.

Como si hubiera encontrado una tabla de salvación, la voz de Josefa se elevó tanto que casi se quiebra:

—¡Beatriz Ibarra, te aconsejo que primero investigues bien a mi yerno antes de abrir la boca con tantas mentiras!

—¡Mi yerno es el único heredero de la poderosa familia financiera Valdés de Clarosol, y se llama Ignacio Valdés! Él es de la verdadera aristocracia de la capital. ¿Y crees que una mujerzuela de clubes nocturnos como tú puede hacerle algo? ¡Estás delirando, sigue soñando!

Beatriz se quedó observando el espectáculo con total calma. Sus ojos eran tan serenos como el agua; no mostraban ni un rastro de emoción, como si estuviera mirando a dos moscas revoloteando.

Con total tranquilidad, sacó el celular de su bolso y, frente a la mirada de todos, marcó un número.

Le contestaron casi al instante.

—Hay un tipo llamado Ignacio Valdés. Su empresa, Tecnología Q-Nex, acaba de salir a bolsa en Nasdaq —dijo Beatriz con voz perezosa.

—Resulta que su suegra y su cuñada acaban de meterse conmigo. ¿Ya sabes qué hacer?

Desde el otro lado de la línea, la voz de un hombre, envuelta en absoluto respeto, apenas se alcanzó a escuchar. No hubo palabras de más, solo una respuesta firme y clara:

—Entendido.

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