Un fresco y envolvente aroma a pino inundó los sentidos de Amaya.
Levantó la mirada bruscamente y se topó con los ojos claros y llenos de determinación de Romeo.
Él no había dudado ni un segundo en protegerla.
Sin embargo, la inmaculada camisa blanca que llevaba puesta ahora estaba arruinada, manchada por un espeso y oscuro charco de tinta.
—¿Estás bien? —preguntó Romeo, con un tono de urgencia casi imperceptible.
Amaya negó rápidamente con la cabeza.
—Sí, estoy bien.
Romeo la colocó detrás de él, dándose la vuelta para enfrentar a los jóvenes. El aura que emanaba era tan oscura y pesada que resultaba aterradora.
—¿Quién los mandó a hacer este circo?
El líder del grupo, aún sin medir el peligro, siguió vociferando.
—¡Vaya par de descarados! ¡Romeo, te crees un arquitecto de prestigio internacional, pero no eres más que basura!
Antes de que pudiera decir una palabra más, Romeo se movió.
Una patada giratoria impecable cortó el aire y se estrelló con precisión letal contra el rostro del joven.
Se escuchó un golpe seco, seguido por un grito de dolor ensordecedor.
—¡Mis... mis dientes! ¡Mi cara!
El joven escupió sangre junto con la mitad de un diente, cayendo de bruces y encogiéndose de dolor en el suelo.
Los demás palidecieron de terror. Soltaron las pancartas al instante y se dieron la vuelta para huir.
Romeo dio unos largos pasos, agarró al líder por el cuello de la camisa y habló con una frialdad que congelaba los huesos.
—Ustedes estudian en la facultad de arquitectura de por aquí, ¿verdad? ¿Quién les pagó? ¡Habla!
El golpe lo había dejado dócil. Tembloroso, confesó a trompicones:
—Yo... no lo sé. Alguien nos contactó por internet, nos ofrecieron unos pesos... ¡No queríamos hacer daño, de verdad!
Los ojos de Romeo se oscurecieron aún más.
Lo sospechaba. Para que el escándalo escalara de esa manera durante la noche y al día siguiente hubiera ataques físicos, era obvio que alguien estaba moviendo los hilos.
—Si vuelven a acercarse por aquí, me aseguraré de que jamás consigan su título.
—Pongan en la balanza si arruinar su futuro vale unos miserables pesos.
Los jóvenes estaban paralizados por el miedo. Toda su soberbia había desaparecido; se inclinaron pidiendo perdón a gritos, casi rogando de rodillas antes de salir huyendo despavoridos.
—Lárguense —escupió Romeo.
Corrieron como si el diablo los persiguiera, desapareciendo en segundos.


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