Poco después, Sheena publicó que llevaba años en una relación amorosa con su novio.
Explicó que, para no afectar la carrera de él, había decidido usar la máscara y mantener su vida privada separada de su pasión por el baile.
En un abrir y cerrar de ojos, pasó de ser criticada a convertirse en la imagen de la novia devota y sacrificada.
El cambio en la opinión pública fue instantáneo.
Sin embargo, Zoa encontró una oportunidad de oro en todo esto.
Si lograba demostrar que el supuesto novio de Sheena era Cristian, ¡eso sería la prueba definitiva de que él le estaba siendo infiel durante el matrimonio!
Con esa prueba en mano, tendría la justificación perfecta para pedir el divorcio y librarse de Cristian de una vez por todas.
A menos que Cristian estuviera dispuesto a revelar que Sheena era, en realidad, Isabella, y confesar que todo este tiempo habían estado engañando a todo el mundo.
De lo contrario, no tendría más remedio que firmar los papeles.
Zoa sintió una chispa de alegría; tenía que agradecerle a la persona que filtró las fotos.
Si no fuera por eso, Isabella jamás habría saltado a justificarse tan rápido.
El peso de la angustia que sentía antes se esfumó por completo.
Terminó de usar el baño, se recogió el cabello frente al espejo, abrió la ducha de teléfono y humedeció una toalla para darse un baño de esponja rápido.
Como se distrajo revisando el celular, no se dio cuenta de que habían pasado más de cuarenta minutos.
La insonorización del baño del hospital era pésima, y el ruido del agua fluyendo se escuchaba claramente afuera.
En la habitación, el hombre estaba sentado con los ojos cerrados. Las cuentas de su brazalete estaban fuertemente apretadas entre sus dedos; su oído captó cada sonido del otro lado de la puerta.
Finalmente abrió los ojos y miró su reloj.
Se levantó, se acercó a la puerta del baño y tocó suavemente.
—¿Quieres que llame a una enfermera?
Zoa estaba terminando de secarse y, al escuchar la propuesta, entró en pánico.
El único que la estaba ayudando con su falsa lesión era el doctor. ¿Y si la enfermera descubría la mentira?
Aceleró el ritmo y respondió en voz alta:
—No, no es necesario. Ya casi termino.
Pero, con las prisas, tropezó con el borde de la alfombra antideslizante y perdió el equilibrio.
—¡Ah!
Cayó sentada directamente sobre el suelo de la ducha.
—¿Zoa? ¿Te caíste? —La voz de Rio sonó de inmediato, alertada por el ruido.
Zoa sentía tanto dolor que apenas podía respirar.
De haber sabido que esto pasaría, jamás habría intentado cambiarse de ropa.
Desde afuera, Rio insistió:
—Iré a buscar a la enfermera.
Zoa estuvo a punto de decir que sí, pero al revisar su pierna, se dio cuenta de que el golpe había agrietado el yeso falso.


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