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9 Vidas Perdidas: Ahora te toca suplicar romance Capítulo 96

De repente, soltó un sonido de extrañeza.

—¿No se supone que venían doce sabores distintos? ¿Por qué falta uno aquí?

—Ese tenía cilantro —respondió Rio con absoluta frialdad.

—...

Zoa levantó la vista por instinto, justo cuando él también la miraba.

Apretó la caja de postres con nerviosismo; el calor de la comida se filtraba en sus palmas, trayendo consigo ráfagas de un dulce aroma.

Su corazón empezó a latir a toda velocidad. Bajó la cabeza apresuradamente, sin atreverse a dejar volar su imaginación.

—No... no sabía que a tu asistente tampoco le gustaba el cilantro.

Rio se recargó en la silla, y su voz sonó impecable:

—Sí. Lo detesta.

El tono de su voz era tan cautivador que Zoa casi aplasta el pastelito que tenía en la mano.

La voz de Cristian ya era bastante atractiva para los estándares de cualquier hombre.

Pero la de Rio estaba en otro nivel.

Era un tono frío, como el agua cristalina de un manantial helado, pero sin llegar a ser cortante.

Una voz profunda, sin esfuerzo, que transmitía una extraña sensación de seguridad.

Pensar en eso hizo que las mejillas de Zoa se tiñeran de un ligero rubor. Tomó el vaso de agua de la mesa y bebió de un trago.

Como resultado de tanta agua, sintió la necesidad urgente de ir al baño.

Además, seguía impregnada del olor de Cristian, lo que la hacía sentir como si estuviera oliendo cilantro.

Le daba asco.

Quería aprovechar para ponerse la ropa limpia que la enfermera había dejado.

Zoa se apoyó en los bordes de la cama e intentó bajarse, olvidando por completo que tenía una pierna inmovilizada por el yeso.

Apenas se puso de pie, perdió el equilibrio y cayó directamente hacia Rio.

Si no se hubiera apoyado a último segundo en el borde del colchón, ¡lo habría besado directamente en la boca!

Pero sus brazos ya no... aguantaban... más.

Quedó suspendida a escasos centímetros del rostro de Rio, con los brazos temblando visiblemente.

Incapaz de sostenerse un segundo más, sus codos cedieron y su cuerpo se desplomó.

Los ojos de Rio se oscurecieron. Dudó una fracción de segundo antes de girar el rostro.

Los labios de Zoa rozaron apenas su mandíbula y terminaron apoyándose en el cuello de su camisa.

Su respiración cálida y agitada chocó contra la piel del cuello del hombre.

La respiración de Rio se volvió irregular. Su nuez subió y bajó, y las manos que habían sujetado la cintura de Zoa se apretaron lentamente.

Finalmente, la soltó poco a poco y la sostuvo por los brazos para estabilizarla.

Capítulo 96 1

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