Cristian fijó su vista en Gaspar y soltó una risa sarcástica.
—Rio, perdona que presencies esto. Hoy mismo acabo de enterarme de que mi esposa es incapaz de controlar sus impulsos. Pero descuida, yo mismo me ocuparé de los asuntos de mi familia y me aseguraré de que este escándalo no manche el nombre de los Quintero.
Con la frase "asuntos de mi familia", dejó en claro su negativa a que Rio interviniera.
Al oír esto, Zoa bajó lentamente la sábana, dejando al descubierto solo la mitad de su rostro, con un aspecto sumamente frágil.
Sus ojos, empañados en lágrimas, buscaron la mirada del hombre que estaba en la puerta. Cuando sus ojos se encontraron, los de ella enrojecieron poco a poco, mientras se mordía el labio inferior repetidas veces.
No pronunció ni una palabra, pero parecía haberlo dicho todo.
*Rio, por favor, sálvame de esto.*
Rio cerró los ojos por un instante. Su nuez subió y bajó, y dejó escapar un suspiro casi imperceptible.
Como si se rindiera ante su propia impotencia.
Cuando volvió a abrir los ojos, había recuperado su habitual serenidad.
Zoa se quedó perpleja, llegando a pensar que se lo había imaginado todo.
Antes de que pudiera analizarlo, Mateo irrumpió en la habitación.
—Don Rio, hay paparazzis. Dicen que alguien filtró que la señora Quintero y dos hombres fueron ingresados al hospital por motivos desconocidos. Si este tipo de rumores sensacionalistas empiezan a circular, los más afectados serán la familia Quintero.
Javier frunció el ceño y habló con tono grave:
—Rio, que alguien tenga la osadía de usar la reputación de los Quintero para hacer un circo mediático es inaceptable. No te preocupes, yo mismo investigaré esto hasta las últimas consecuencias. Si descubro quién está manipulando a los medios y esparciendo calumnias, juro que lo meteré tras las rejas de inmediato.
La fama de Javier Navarro como un abogado implacable era bien conocida por todos en la alta sociedad.
Si él decía que metería a alguien a la cárcel, lo haría sin dudarlo, y hasta se aseguraría de sumarle un par de años extra a la condena.
Así que cuando paseó su mirada por la habitación, Gaspar se encogió y agachó la cabeza, muerto de miedo.
Rio se sentó lentamente en el sofá.
Con el pulgar, acarició suavemente las cuentas que llevaba en la muñeca. Tras unos segundos de absoluto silencio, miró a Cristian con indiferencia:
—Parece que esto ya dejó de ser solo un asunto de familia.
Las cejas de Cristian se fruncieron profundamente. Tuvo que tensar todos los músculos de su rostro para no perder la compostura.
—Me temo que vas a perder tu tiempo, Rio. El desenlace será exactamente el mismo.
Esa frase no iba dirigida únicamente a Rio, sino principalmente a Zoa.
Pero... ¡ella iba a cambiar ese maldito desenlace!
¡Iba a hacer que toda esta gente hipócrita y egoísta pagara por lo que le habían hecho!
Sin embargo, era evidente que los demás no planeaban darle la oportunidad.
La señora Serna lanzó su amenaza directa:



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