Al día siguiente, el solemne Rito de los Ancestros.
El sol apenas comenzaba a despuntar.
Lo primero que escuchó Zoa al despertarse fueron los susurros emocionados de las empleadas en el pasillo.
—Corrieron a Lucía de la mansión anoche.
—¿Qué? Pero si hace un par de días andaba con aires de grandeza porque era la favorita de Doña Leonora.
—Ni idea de qué pasó, pero anoche los guardias la sacaron a rastras. Ella lloraba y gritaba ¡No fui yo! ¡No fui yo!, pero le taparon la boca y la subieron a un auto.
Zoa desayunó con una sonrisa dibujada en el rostro.
Había eliminado a la espía de su suegra sin ensuciarse las manos.
Después del desayuno, el personal ayudó a los monjes a preparar las ofrendas y el incienso.
Zoa, consciente de su posición marginal en la familia, se mantuvo al final de la multitud, callada y servicial.
No quería darles otra excusa para atacarla.
Cuando llegó el momento indicado, todos se reunieron en la inmensa plaza frente al Santuario del Recuerdo.
El lugar estaba repleto de figuras vestidas con absoluta elegancia y luto solemne.
Además del clan Quintero, había invitados de la alta sociedad y periodistas de medios selectos.
Para mantener la apariencia de familia perfecta frente a las cámaras, a Zoa le asignaron un lugar bastante digno cerca del frente.
Al sonar la monumental campana de bronce, todos guardaron un silencio sepulcral.
Mientras el eco de la campana aún vibraba en el aire, una figura vestida de púrpura avanzó lentamente.
Rio llevaba puesta la legendaria Túnica Púrpura Imperial. No era una vestimenta ceremonial común, era una reliquia antiquísima. En sus manos sostenía un rosario budista rojo sangre.
Su rostro esculpido, con la mirada serena y las pestañas bañadas por los primeros rayos dorados del sol, desprendía una majestuosidad abrumadora.
Su sola presencia imponía una distancia celestial.
Y, sin embargo, había una emoción indescifrable flotando a su alrededor.
Zoa quedó completamente hipnotizada. A su lado, escuchó los murmullos reverenciales de los invitados.
—Esa túnica era el tesoro más grande de su maestro espiritual. Es una reliquia de hace siglos. Que se la haya heredado a Don Rio demuestra que el Gran Maestro le dejó su protección divina antes de fallecer.
Zoa salió de su trance y por fin entendió qué era esa emoción indescifrable que rodeaba a Rio.
Melancolía.
Como si, más allá del manto sagrado que llevaba puesto, nada en este mundo banal le importara.
Y aún así, estaba allí, cumpliendo con su deber terrenal.
Zoa frunció el ceño. Una sensación extraña, cálida pero triste, se instaló en su pecho.
De pronto, sintió una mirada cargada de hostilidad que le cortó la respiración.
Era Cristian.


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