Pero, ¿qué era exactamente lo que había entendido?
¿No podría haber sido un poco más específico?
Zoa apretó los labios, ideó un plan rápido y salió a hurtadillas hacia las habitaciones del personal. De la zona de lavandería, robó uno de los uniformes impecables de Lucía.
Después de darle vueltas al asunto, Zoa había llegado a la conclusión de que la única persona que pudo haberle avisado a Leonora sobre su ubicación con Rio, era Lucía.
Desde el principio supo que Lucía era una informante de su suegra.
En el pasado, Zoa fue tan ingenua que creyó que si trataba bien a la empleada, esta hablaría bien de ella frente a Doña Leonora.
¡Qué estupidez!
Si a Lucía le gustaba tanto inventar chismes, entonces Zoa se encargaría de que sufriera las consecuencias de ser una chismosa.
Se puso el uniforme, se recogió el cabello en un moño idéntico al que siempre usaba Lucía, y caminó sigilosamente hacia el Ala Norte.
...
Mientras tanto, en otra parte de la propiedad.
Javier miraba de reojo el celular de Rio, que no dejaba de vibrar. Estaba alucinado.
¿Acaso este era el mismo Rio que vivía aislado del mundo y las distracciones banales?
Logró echar un vistazo rápido a la pantalla. Aunque no leyó el texto completo, reconoció el patético emoji llorando y soltó una carcajada.
—Con razón me pediste mi número hace rato. Todo fue una excusa.
—Es por cuestiones de negocios —respondió Rio sin inmutarse.
—A otro perro con ese hueso. En las cenas de gala siempre hay mujeres hermosas rogando por tu número, y tu excusa siempre es: No usar redes sociales me evita dolores de cabeza.
—...
Rio lo ignoró olímpicamente.
Javier siguió burlándose.
—Pero qué falta de imaginación tiene tu cuñadita, siempre usa el mismo truco. Me mandó ese mismo emoji cuando me hice pasar por su doctor en el hospital. Yo pensaba, ¿quién diablos usa esto en la vida real?, pero viéndola en persona... le queda perfecto. Cuando se pone en plan de víctima es tan...
—...
Rio le clavó una mirada tan gélida que Javier sintió que el aire se congelaba. Rio guardó su teléfono y se levantó de la silla.
—¡Oye, oye! ¿Tampoco puedo decir eso? ¿A dónde vas? —Javier lo siguió rápidamente.
—A atrapar a un ladrón.
—...
Javier se dio una palmada en la boca.
Por andar de bocón prediciendo que el Rito no sería pacífico, ahora los problemas estallaban uno tras otro.
Cuando llegaron al Ala Norte, un grito ensordecedor rompió la tranquilidad de la noche.
—¡UN LADRÓN! ¡AYUDA!



VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: 9 Vidas Perdidas: Ahora te toca suplicar