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9 Vidas Perdidas: Ahora te toca suplicar romance Capítulo 74

Su largo cabello rozó accidentalmente el dorso de la mano del hombre, dejando un sutil y adictivo rastro de perfume flotando cerca de su rostro.

Un roce aparentemente inocente, pero cuya esencia se negaba a disiparse.

Rio acarició suavemente la hoja de su libro, bajando la mirada para observar el perfil de la joven. Las sombras de sus pestañas ocultaron cualquier emoción en sus ojos.

Zoa tomó el bolígrafo y rápidamente escribió el nombre Rio Quintero en un papel en blanco.

Levantó la barbilla con orgullo.

—¿Qué tal? ¿A poco no está precioso?

Rio analizó su firma y se frotó el puente de la nariz.

—¿Cómo es que lograste graduarte de la universidad? Le comiste una letra a mi apellido.

El rostro de Zoa se encendió como un tomate y soltó una risa nerviosa.

—Lo escribí muy rápido, fue un error de dedo.

Qué excusa tan patética.

Eso solo la hacía ver aún más como una chica sin cerebro.

Pero era la verdad, estaba tan acostumbrada a escribir en el celular que a mano cometía errores tontos.

Rio habló con un tono casual.

—¿También escribes mal el nombre de tu esposo?

Inmediatamente después de decirlo, frunció el ceño, sintiendo que había cruzado una línea personal.

Estaba a punto de retractarse cuando escuchó a Zoa murmurar.

—Yo nunca escribo su nombre.

En el pasado, cuando amaba en secreto a Cristian, tenía tanto miedo de que la descubrieran que jamás se atrevió a escribirlo.

Y después, cuando se casaron y él la trató con tanto desprecio, mucho menos quiso hacerlo.

Con el tiempo, se dio cuenta de que nunca había escrito su nombre con dedicación.

Y en el futuro, definitivamente no planeaba hacerlo.

Rio hizo una pausa y pasó la página de su libro con suavidad.

—No presiones tan fuerte el papel, así la tinta no se escurrirá.

Zoa estaba a punto de asentir cuando una idea cruzó por su mente.

Había olvidado que este ambiente íntimo era la oportunidad perfecta para usar sus encantos femeninos.

Si ya cree que soy inútil, entonces jugaré a ser la chica frágil.

Volvió a presionar la pluma, esta vez forzando un pequeño quejido de dolor.

—Ay, me duele el dedo.

Levantó la mirada hacia él. Sus ojos brillaban húmedos y seductores, mientras soplaba suavemente la yema de su dedo.

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