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9 Vidas Perdidas: Ahora te toca suplicar romance Capítulo 67

Diez minutos después, Zoa fue obligada a arrodillarse sobre un cojín dentro del Oratorio del Silencio.

Se escuchó el fuerte sonido de la puerta cerrándose con llave, y de inmediato, la luz del lugar fue desconectada desde afuera.

Lo único que iluminaba el oscuro oratorio eran unas cuantas velas parpadeantes en los altares religiosos.

Aunque era un lugar dedicado al respeto y la paz, las enormes sombras distorsionadas por la luz de las velas parecían monstruos acechándola a cada segundo.

De inmediato, el aire en el reducido espacio comenzó a sentirse asfixiante.

Zoa se estremeció, se dio la vuelta y empezó a golpear la puerta de madera con desesperación.

—¡Abran la puerta! ¡Ábranme!

En cuestión de segundos, su voz se volvió ronca y temblorosa, como la de una persona perdida en un desierto pidiendo auxilio en medio de la nada.

No podía soportar quedarse sola en espacios cerrados y oscuros.

Especialmente si el lugar estaba lleno de estatuas y cosas relacionadas con lo sobrenatural.

Todo se remontaba a cuando tenía doce años, cuando ganó su primer premio de danza de nivel nacional.

En ese entonces no entendía qué era el favoritismo. Creía ingenuamente que si lograba ser tan brillante como Isabella, sus padres también la amarían igual.

Regresó a casa rebosante de alegría con su trofeo, pero sus padres no le dieron ni una sola palabra de aliento. De hecho, su madre le rompió el premio intencionalmente al servir una bebida.

Su madre le había dicho: Zoa, ¿por qué no guardas bien tus cosas? ¿Sabes lo difícil que es limpiar estos cristales? ¿Qué pasa si tu hermana se corta un pie por accidente.

Y su padre había añadido: No eres ni la mitad de madura que tu hermana. Ella nunca nos causa problemas y tiene el cuarto lleno de reconocimientos, pero nunca ha sido tan presumida. No sé a quién saliste.

Isabella, al enterarse, se acercó a ella tomándola de las manos y actuando como la hermana perfecta: Zoa, felicidades. ¿Qué te parece si este fin de semana te llevo al parque de diversiones como premio.

Sí, gracias, hermana.

Zoa estaba tan feliz que no se dio cuenta del cruce de miradas cómplices y crueles entre sus padres e Isabella.

Al llegar al parque de diversiones, Isabella la llevó directamente a la casa del terror y la encerró sola en una habitación llena de estatuas aterradoras.

Las luces rojas parpadeaban y sonidos espeluznantes resonaban sin parar en las paredes.

Los empleados del lugar, que habían sido sobornados por Isabella, pusieron todo su empeño en asustarla a muerte.

Ese día, Zoa se desmayó en ese mismo lugar. Sufrió fiebres altísimas durante una semana entera y le quedó un trauma psicológico severo de por vida.

Pero Isabella inventó que Zoa había estado jugando y se había perdido, y que por su culpa, Isabella se había lastimado buscándola.

Por esa razón, apenas Zoa se recuperó de la enfermedad, la obligaron a quedarse castigada de pie toda una noche.

Ese oscuro secreto, aparte de sus padres e Isabella, solo lo sabía Cristian.

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