—¿Y eso a qué viene?
Rio respondió con otra pregunta, devolviendo el golpe.
Hablaban el uno con el otro, pero ninguno respondía realmente lo que el otro buscaba.
Cristian se quedó en silencio por unos segundos. Cuando volvió a hablar, su respiración sonaba agitada.
—Me acabo de cruzar con una empleada que me dijo que vio a Zoa venir hacia el Oratorio del Silencio.
Al oír eso, el corazón de Zoa dio un vuelco.
Seguro fue esa misma sirvienta que siempre le andaba buscando problemas. Fue una estupidez no haberse fijado mejor antes de entrar.
Pero, ¿por qué demonios la estaba buscando Cristian? Él jamás le prestaba atención a menos que quisiera humillarla.
Mientras trataba de encontrarle lógica al asunto, las voces afuera continuaron.
—Cualquiera puede entrar a este lugar —dijo Rio, inexpresivo.
—¿Ah, sí?
La duda en la voz de Cristian vino acompañada, otra vez, por el chirrido de la silla de ruedas.
Y esta vez, el sonido se acercaba amenazadoramente hacia la habitación trasera donde Zoa estaba escondida.
Al escuchar las ruedas acortar la distancia, Zoa encogió el cuerpo instintivamente, empapada en sudor frío.
El terror que le provocaba su esposo era tan profundo que se sentía igual que el miedo a la muerte.
Incluso tuvo la sensación asfixiante de que Cristian estaba parado al otro lado de la madera, mirándola fijamente.
Entonces, la voz de su esposo rompió el silencio de nuevo.
—Mi esposa siempre ha sido muy caprichosa, ya sabes cómo es, se mete en problemas todo el tiempo. Si por casualidad ha venido a molestarte, ten por seguro que me la llevaré y le enseñaré un par de lecciones para que aprenda a comportarse.
Su tono era ligero, casi como si estuviera bromeando sobre una simple travesura.
Pero solo Zoa entendía la verdadera magnitud de esa amenaza.
Si él la descubría ahí dentro, sería su fin.
Para Cristian, ella solo existía para ser el chivo expiatorio de Isabella.
O, en este caso, una pieza de ajedrez desechable para atacar a Rio.
Su vida o su muerte no le importaban en lo absoluto; solo le importaba salirse con la suya.
Esa era la verdadera razón por la que a Zoa le aterraba la idea de que los viera juntos.
El miedo la paralizó tanto que intentó retroceder aún más hacia el rincón del armario.
Pero, al moverse, sus pies entumecidos le fallaron. Perdió el equilibrio por completo y terminó dándole una patada accidental a la puerta del mueble.
*¡Pum!*
El ruido no fue estruendoso, pero bastó para que Zoa comenzara a temblar descontroladamente.
—Hermano, ¿escuchaste eso? —La voz de Cristian se volvió cortante—. Sonó como si viniera de ese armario.
El rechinar de las ruedas se reanudó.

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